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Nuevo orden económico Felipe Arizmendi Esquivel,Obispo de San Cristóbal de Las Casas El descontrol financiero mundial de días pasados, el derrumbe generalizado de las “bolsas de valores”, la incertidumbre de los mercados y de los capitales, el deterioro del globalizado sistema económico, hacen caer en la cuenta de que ha llegado el momento de revisar a fondo los mecanismos con que se sostiene este mundo capitalista en que nos movemos. Los países ricos, los consorcios y las instancias financieras mundiales se unen para proteger sus intereses y salir adelante; los pobres quedan indefensos y excluidos. Así lo describimos en Aparecida: “Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (DA 65). ¿Y la justicia? Desde el año 1891, cuando el Papa León XIII escribió su Encíclica Rerum novarum, en que criticó el socialismo y el liberalismo, denunció “la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría”. Es lo que el Papa Juan Pablo II, en 1991, calificó como “capitalismo salvaje”, como lo afirma la encíclica Centesimus annus en el número 8, “capitalismo primitivo” (33). Dijo: Existe el “riesgo de una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías” (40). En 1999, escribió en Ecclesia in America: “Cada vez más, en muchos países americanos impera un sistema conocido como ‘neoliberalismo’; sistema que haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces, en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político, que causan la marginación de los más débiles. De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y de estructuras frecuentemente injustas” (56). La crisis de la economía indica que debe haber un “nuevo orden económico”. Sin embargo, “la Iglesia no tiene modelos para proponer. Ofrece la propia doctrina social, la cual reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común” (Centesimus annus, 43). Así también dice el Papa Benedicto XVI: “La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien” (Deus caritas est, 28). Afrontar con responsabilidad No esperemos hasta que el sistema cambie, pues no sucederá de la noche a la mañana. Ante los embates de esta crisis económica que a todos afecta, hay que trabajar, aunque sea en labores sencillas; ahorrar y no malgastar en cosas superfluas; educarnos en la austeridad, renunciando a gustos transitorios y vanos; en vez de consumir alimentos “chatarra” y refrescos embotellados, elaborarlos en casa; son más sanos y más baratos. Es responsabilidad del Estado proteger a las mayorías empobrecidas, como decía ya el Papa León XIII: “La clase rica, poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de ser protegida por los poderes públicos; en cambio, la clase proletaria, al carecer de un propio apoyo tiene necesidad específica de buscarlo en la protección del Estado. Por tanto, es a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y sus cuidados” (Rerum novarum, 125). Y lo que se dice sobre los obreros, hay que decirlo hoy de campesinos, indígenas, migrantes, desempleados, etcétera.

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