La infidelidad comienza en el corazón

«Habéis oído que se dijo:
“no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: 
“Todo el que mira a una mujer deseándola,
ya cometió adulterio con ella en su corazón”» 
(Mt 5, 27-28)

Dios ha creado a la mujer y al varón para amar, por lo que, es tarea de cada uno, reconocer y aceptar, primeramente, su identidad sexual, y crecer en sus capacidades físicas, morales y espirituales, para posteriormente, establecer vínculos con el otro, pues nadie puede dar lo que no tiene. 

Cada uno es llamado, aunque de manera distinta, a imitar en su persona, la generosidad y la fecundidad de un Dios que ama entrañablemente, y solo de este amor procede la caridad, la fidelidad y el respeto.

Podemos decir, que, quien no ha crecido en sus virtudes personales, no puede reconocer el valor del otro y, por lo tanto, es incapaz de amar en la fidelidad. Así, la infidelidad empieza primero en el corazón, por eso Jesús dijo: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”, el infiel es primero infiel a sí mismo. Esto nos hace descubrir que la infidelidad comprende algo mucho más grande que el aspecto genital de la sexualidad, pues ésta concierne a todos los aspectos de la persona, su afecto, su capacidad de amar, de procrear (Cfr. CEC 2332).

Así, es infiel, no solo el que tiene una relación sexual con una persona distinta a la persona con quien comprometió su vida, sino también el que busca con el corazón estar con alguien más, y esto puede manifestarse con una llamada, con un regalo, con un mensaje, con una mirada, dependiendo de la sagacidad o la debilidad de nuestro corazón.

Y aunque el pecado de la infidelidad se entiende especialmente en el contexto del matrimonio, el ser humano puede “crecer” y “educarse” en un ambiente de infidelidad, cuyos frutos caerán casi siempre, cerca del árbol del engaño y de la mentira. 

Jesús viene a restaurar la pureza original del proyecto Dios para el ser humano: “A su imagen y semejanza… varón y mujer los creó… para que, dejando a su padre y a su madre, formen los dos una sola carne” (Cfr. Gen 2,24), es decir, en dignidad igual, en apoyo mutuo, para compartir lo que cada uno, en su individualidad ha forjado, pero que necesita del otro para la “complementariedad” y la generación humana.

Por: Diácono Alonso Benítez Catalán

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