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[Homilía] Sé portador de la vida nueva de Cristo | Domingo 8 de abril de 2018

Juan 20, 19-31

Queridos hermanos, seguimos celebrando a Cristo Resucitado y la escena que nos propone este Segundo Domingo de Pascua es muy hermosa.  Veamos el contraste. Los Apóstoles están encerrados, con miedo, sin esperanza, y se presenta Jesús y les da tres regalos muy importantes.

Primero, la paz: “la paz esté con ustedes”, y esto se los repite tres veces; sí, el pecado rompió la armonía y Jesús ha restaurado la paz, la paz es armonía primero con Dios, armonía con nuestros hermanos, fuera odios, rencores, divisiones; ahora a vivir en paz y en armonía con la creación, con nosotros mismos, es el regalo de Cristo Resucitado.

Después, al contemplar a Jesús cambió la actitud de los discípulos “se llenaron de alegría”. Sí, Jesús es portador de alegría; cuántas veces hemos tenido momentos difíciles, pues Jesús nos dice: “ánimo, yo he vencido a la muerte” y tú también.

Luego les comunica el gran regalo del Espíritu Santo, sopló sobre ellos: “reciban al Espíritu Santo”; y les da también el poder de continuar la obra que el Padre le encomendó: “como el Padre me envió, así los envío yo”; y les da poder de perdonar los pecados: “a los que les perdonen los pecados, les quedan perdonados y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Aquí está Jesús, va a iniciar una vida nueva, así como en la Creación Dios sopló, infundió vida al cuerpo de Adán, ahora Cristo sopla sobre nosotros, pero nos comunica la vida nueva, la vida del Espíritu Santo que viene a renovar nuestros corazones, nuestra vida, y darnos el poder también de perdonar, de quitar el pecado, que es lo que destruye al ser humano.

El Evangelio nos dice que Tomás no estaba con ellos, y él pide no solamente ver, sino tocar a Jesús: “si yo no meto mi dedo en los agujeros de las manos y no meto mi mano en el costado, yo no creeré”; y a los siete días Jesús se presenta ante Tomás y le dice: “aquí están mis manos, trae tu dedo, mételo en mis llagas, trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”, y Tomás se postró: “Señor mío y Dios mío”.

La incredulidad de Tomas nos ayuda también porque él nos da la certeza de que Cristo resucitó, pero también después de contemplar a Jesús va más allá, no solamente descubre al Resucitado, descubre a Dios, por eso emite una entrañable profesion de fe que nosotros hemos adoptado hasta nuestros días: “Señor mío y Dios mío”.

Yo te invito a que seas portador de paz, portador de la vida nueva de Cristo, del amor del Señor. ¡Hagamos un mundo nuevo!

La bendición de Dios Omnipotente: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.

 

+ Mons. Luis Artemio Flores Calzada

Obispo de la Diócesis de Tepic

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