Tareas de esperanza

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–Volver a ver, a oír y a leer al Papa Francisco—

 

 

1.- Emociones, silencios y palabras.

Jornadas intensas en las que se mezclaron emociones, silencios y palabras fueron las que se vivieron por los caminos de México los días del 12 al 17 de febrero de este 2016, días del paso de Su Santidad el Papa Francisco.

Emociones de un pueblo que, como lo señaló en el saludo de despedida al concluir la celebración eucarística en Ciudad Juárez, pudo ver y palpar en tantos rostros que dejaban traslucir “la presencia de Dios que sigue caminando en esta tierra” y que–aseguró–”por ahí, en algún momento, sentía ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido”. Es decir, a las emociones de la grey correspondieron las emociones del pastor.

Silencios elocuentes como el meditativo en el camarín de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en su basílica donde quiso más que “ver” y “hablar” ser visto y escuchado por la Madre común o el no menos elocuente que derribó una muralla de incomprensión en el lugar donde don Samuel Ruiz espera la resurrección en la catedral de San Cristóbal de Las Casas.

Palabras que a raudales brotaron de un corazón reflexivo y puesto al servicio de la Verdad y de la misión pastoral encomendada a Pedro de “confirmar en la fe a sus hermanos”. Palabras que pudieron seguirse y habrán de repasarse y transformarse en retos a superar y que siguieron dos cauces: el que llevó a reconocer “la opresión de este pueblo”, las huellas del mal, del pecado, del “homicida” y “padre de la mentira” en la vida social y el que se dirigió a la conciencia, al “santuario íntimo donde el hombre dialoga a solas con su Dios” y que fue invitación a acogerse a la misericordia divina que recibe a quien se convierte.

2.- La palabra de Dios, gozo y compromiso.

La voz del Papa estuvo formada, en primer lugar, por un entretejido bíblico: la palabra de Dios leída desde la tradición de siglos del pueblo de Israel y el pueblo cristiano siguió el tiempo litúrgico, es decir, el color de la cuaresma. El “gozo del Evangelio” vino con su carga de exigencia liberadora: Lucas (4, 1-13) que arrojó luz sobre la humanidad del Hijo de Dios al exponer su experiencia de los límites humanos en las tentaciones en el desierto: “no sólo de pan vive el hombre”. Mateo (25, 31-46) que expuso la intimidad entre el prójimo y el propio Jesús a la hora de nuestras opciones de vida: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero  o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?”  Mateo (6, 7-15) de nuevo a propósito de la verdadera oración: “no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados”. Y Lucas (11, 29-32) otra vez, dando “la señal de Jonás” para los habitantes de “la gran Ciudad” que seca el corazón en aquellos y en estos tiempos: “Por eso va Jonás. Ve y diles que la injusticia se ha instalado en su mirada. Dios lo envía a despertar a un pueblo ebrio de sí mismo”.

De la rica mina de la palabra divina obtuvo el Papa “plata de buena ley” para sus homilías, breves, concretas, cuestionadoras e invitantes a la reflexión pero sobre todo abiertas a la cercanía y a la esperanza: “Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único, pero no sabe generar y criar ‘hijos únicos’. Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del ‘padre mío’ y ‘padrastro vuestro’” dijo en Ecatepec. Al dirigirse a los sacerdotes, religiosos y seminaristas en Morelia comenzó mencionando la trasmisión de la fe de una generación a otra: “Pablo a su discípulo predilecto TImoteo, cuando lo enseñaba o lo exhortaba a vivir la fe le decía: ‘Acordáte de tu madre y de tu abuela’” e invitó a desterrar una tentación específica de la realización del ministerio: frente a la realidad “de ambientes muchas veces dominados por la violencia, la corrupción, el tráfico de drogas, el desprecio por la dignidad de la persona, la indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad…nos puede ganar una de las armas preferidas del demonio, la resignación. ‘¿Y qué le vas a hacer? La vida es así’…resignación que nos paraliza, que impide no sólo caminar sino hacer camino, que no sólo nos atemoriza sino que nos atrinchera en nuestras ‘sacristías’ y aparentes seguridades”.

El Papa ha tomado en serio su propia invitación a hacer de la homilía (que etimológicamente quiere decir conversación) un diálogo y “un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras”. (Evangelii Gaudium, n. 142).

 

3.- Un diálogo espiritual fincado en la vida.

Mirando la trama de los discursos, dirigidos a distintas categorías de personas: funcionarios de gobierno y políticos, obispos, obreros y empresarios, me pareció descubrir la trama y los énfasis de los ejercicios espirituales según el método de San Ignacio de Loyola, nada extraño en un pontífice de formación jesuita: la insistencia en el discernimiento de espíritus, es decir, en reconocer qué soplo interior dirige el timón de nuestras vidas, el reconocimiento de que toda realidad es pendular, o sea que oscila entre el menos y el más y la actitud de salvar la proposición del prójimo, es decir, no adelantar un juicio sobre personas y acontecimientos bajo la luz de una ley rígida. Esta orientación quedó patente cuando en el discurso en el Palacio Nacional equilibró las responsabilidades de los ciudadanos y de los dirigentes y adjetivó algunos conceptos fundamentales que sólo expresados como sustantivos habrían quedado como fórmulas aéreas: “A los dirigentes…les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino…ayudándoles a un accesoefectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno,alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano de paz”. Y sobre todo en las líneas dirigidas a los miembros del episcopado que, en línea con el discurso a la Curia Romana del 22 de diciembre de 2014 fueron un verdadero examen de conciencia y un retiro espiritual de extraordinario peso programático para toda la  Iglesia que peregrina en México. Fue notable el profundo silencio que guardaron hombres acostumbrados a hablar. El pastor de la grey–dijo–ha de llevar por sus senderos a modo de báculo tres miradas: una de ternura, otra capaz de tejer y una terceraatenta y cercana, no adormecida: “Reclínense, hermanos, con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro…Sean obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar…no se dejen corromper…por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la ‘columna de fuego’ que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar sin hacer grande rumor (cf. Ex 14, 24.25)”. En las miradas de ustedes, el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes ‘han visto al Señor’ (cf. Jn 20, 25), de quienes han estado con Dios”.

A lo largo y ancho del país se fijaron con suavidad y fuerza los conceptos clave que el Pontífice ha hecho presentes y actuantes en el vocabulario contemporáneo dándoles o devolviéndoles un sentido dinámico: cultura del encuentro contrapuesta a cultura del descarte, periferia, “primerear”, diálogo, conversión, perdón, reconciliación, misericordia. Quienes hablamos el castellano de Latinoamérica tenemos el privilegio de entender y aprender desde el primer momento. ¡Qué bueno que no me toca traducir al árabe o al japonés!

 

4.- Bajo el signo del Éxodo.

Si emociones, silencios y palabras entretejieron el diálogo entre Francisco y el pueblo mexicano, quiero hacer presentes tres imágenes que nos permitió contemplar y fijar en la memoria la tecnología de la televisión. La primera: Cuando el pesado helicóptero que parecía ave ligera se enfiló hacia las nubes y las montañas al salir de San Cristóbal quedó atrás una sinfonía de colores, de cantos, de sonrisas, de caras reflexivas; el trabajo inmenso–epopeya cultural–del Padre Maurer y su equipo de traducción de la Biblia, los surcos abiertos del pastor que descansa de sus fatigas en su cuatricentenaria catedral. Me pareció oír a Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!” (Is 52,7). La segunda: el báculo de don Vasco de Quiroga, el pastor fuerte y a la vez dócil oveja de Jesús que trazó los primeros surcos del Evangelio en las tierras michoacanas hoy tan necesitadas de paz en manos del obispo de Roma. La tercera: esa austera cruz de madera bendecida poco antes de la caída del sol que tenía en medio la silueta de Jesús, María y José en su camino al destierro a Egipto, elocuente signo del Éxodo bíblico y del éxodo de tantos que junto al Río Grande han dejado sus ilusiones e incluso su vida sin siquiera mirar a lo lejos una “tierra prometida”. El canto de entrada de la celebración eucarística en Ciudad Juárez sintetizó algo más que una promesa y un anhelo, el compromiso de Dios de liberar a su pueblo: “Pueblo en marcha por el desierto ardiente…Si al mirar atrás somos tentados de volver al Egipto seductor, el Espíritu empuja con su fuerza mostrándonos la vía del amor”.

Las tareas que quedan por delante son de esperanza.

 

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

 

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