La Senda

Ser santo es posible ¿Cómo?

 

Muchos, como católicos, hemos soñado con ser santos o ser igual a tal o cual santo, imitarlo y seguir su ejemplo. San Agustín, san Francisco de Asís, santa Teresa, santa Clara y muchos otros son modelos a imitar. En este mes de noviembre es bueno preguntarnos ¿cómo llegaron a ser santos?, ¿qué los motivó para que transformaran su vida?, ¿qué tienen en común?, ¿qué itinerario siguieron? Mas aquí la cuestión fundamental sería, ¿cómo llegar a la santidad?

 

La santidad: ¿por qué?, ¿qué es?, ¿qué no es?

Dios nos llama a ser santos. El Señor nos dice: “Sed santos, porque yo, Yahvé vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Santo, en el Antiguo Testamento era estar apartado de lo profano o impuro. En otras palabras, el Señor nos invita a apartarnos de todo lo malo para unirnos a Él, o más bien, a unirnos a Él para dejar todo lo malo. Desde el punto de vista cristiano, tiene el mismo fundamento, solo que visto de una manera más profunda, que involucra no solo lo exterior, sino que tiene de base lo interior. Es una cuestión del corazón, donde le rindes todo lo que hay en tu corazón a Dios: tus sueños, tus intenciones, tus ideas, tus gustos, todo. “La santidad no consiste en llevar a cabo cosas extraordinarias, sino en aceptar con una sonrisa lo que Jesús nos envía”, nos dijo la Madre Teresa de Calcuta.

 

La santidad: un camino, una verdad, una vida

Con todo lo anterior, ¿cómo hacer un itinerario que nos lleve a la santidad? Consideremos tres etapas que podemos ver en las vidas de los santos:

  1. El encuentro. El hombre se encuentra con Dios. Dios se presenta al hombre. Dios traspasa el corazón, quebranta a la persona. Le muestra la verdad. Se caen los velos y las máscaras. La vida del hombre no vuelve a ser igual. San Pablo es un claro ejemplo, él era intachable en la ley, para él Dios lo era todo; pero no conocía a Dios, perseguía a la Iglesia por amor a Dios. Dios se presenta y el resto es historia. Sin este encuentro no es posible entrar en el camino de la santidad. El Papa nos invita “a renovar ahora mismo nuestro encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarnos encontrar por Él” (EG, n. 3).
  2. La búsqueda. El hombre queda marcado y comienza a buscar reencuentros con ese amor que lo flechó. Por eso los santos pasaban largas horas en oración. Visitaban al santísimo y asistían a Misa todos los días. No por cumplir una ley, sino por buscar a Dios. De ahí nacen los grandes místicos. Pero también los santos buscan a Dios en el prójimo, en el sufrimiento del otro, en los enfermos y pobres, porque ahí encuentran a su Señor crucificado.
  3. La purificación. El santo comienza a ver que hay cosas que le estorban, que no lo dejan ser libre. Cosas que lo apartan de su Señor. Y comienza una vida de renuncia, de abnegación. El calvario. Un camino nada agradable. Lleno de días de angustia y dolor, pero también días de gozo y consuelo. Estos sufrimientos son de los que tanto habla san Pablo en sus cartas (2Cor 11, 16-28). Sufrimientos exteriores e interiores. Pero en todo eso, dice él, salimos más que vencedores por Aquel que nos amó (Rm 8, 37). El santo comprende poco a poco la palabra de Dios que dice: mi gracia te basta (2Cor 12, 9).

 

Conclusiones

Todos, sin excepción, estamos llamados a la santidad. Sin santidad nadie verá a Dios (Hb 12, 14). Catequista, lucha por la santidad. Sin santidad es imposible dar frutos verdaderos (Jn 15, 4). Comienza por hacer lo necesario. No te desanimes, ni te acobardes, que el Señor tu Dios estará contigo a donde quiera que vayas (Jos 1, 9). Y cuando sientas que esto no es para ti, que te has quedado solo o que ya no puedes, solo recuerda: Mirad a las generaciones pasadas y ved: ¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido? (Eclo 2, 10).

 

Comisión Diocesana de Catequesis Infantil

 

 

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