Recordando el genocidio armenio

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Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

 

 

Este domingo, al entrar a este templo, habrán visto un pequeño cartel que tal vez les habrá causado sorpresa o provocado alguna pregunta (si no se fijaron, háganlo, por favor, a la salida). Dice: “Santa Misa por los 1’500,000 mártires del genocidio armenio de 1915. Papa Francisco. 12 de abril”.

 

La noticia llegó por medio de la cancillería del Obispado de Tepic, mediante una carta firmada por monseñor Vartan Boghossian, Exarca Apostólico Armenio de América Latina, en la que anunciaba su visita pastoral a los católicos mexicanos de origen armenio y daba a conocer la celebración que Su Santidad Francisco tendría en Roma, en la que nombraría doctor de la Iglesia Universal a San Gregorio de Narek, monje del siglo X, maestro espiritual –llamado “el San Agustín de los armenios”– ejemplo de pastores y promotor de una devoción sólida a la Virgen María.

 

Dicha Celebración Eucarística será la mejor manera de poner en manos de la misericordia divina a los cristianos perseguidos y masacrados sin piedad hace cien años por el gobierno otomano en manos de los “jóvenes turcos” y a los cristianos actualmente perseguidos en Medio Oriente, lugar de origen y de irradiación primera del Evangelio. Emitirá asimismo una voz sobre el silencio que cubre estas persecuciones y su significado para la humanidad actual: si la política internacional, por compromisos e intereses, no quiere dar el reconocimiento y el lugar que tienen estos hechos, la palabra del Papa sobre estas realidades que constituyen el “ecumenismo de la sangre” y un llamado a la paz con justicia y la solidaridad, así como la oración de quienes hemos hecho profesión de cristianismo, dejarán huella. El gobierno turco, por ejemplo, no ha querido reconocer el genocidio de este pueblo, pues en su laicismo militante tiene por héroes a los “jóvenes turcos” y a Ataturk, su líder, como una especie de “Benito Juárez” –personaje intocable para la historia oficial– y quiere distraer con versiones acerca de odios raciales y rencillas de clanes y familias lo que claramente fue un movimiento de odio a la fe cristiana y que puede definirse como genocidio, es decir, acción deliberada de extinguir una nación, pueblo o un sistema religioso. No obstante, en varios países de Europa, Estados Unidos, Canadá, América Latina y Australia, existen comunidades armenias que han transformado el destierro en frutos destacados, sobre todo en la cultura; basta mencionar al doctor José Sarukhán, distinguido científico mexicano que fue rector de la UNAM.

Tal vez jamás habíamos oído de Armenia, una pequeña república entre Turquía y Rusia cerca del Mar Caspio. Ahí se encuentra el monte Ararat, donde de acuerdo con una tradición antiquísima quedó varada el arca de Noé. Armenia fue la primera nación cristiana, cuya evangelización fue realizada por la primera generación después de los Apóstoles. Tal vez tampoco han llegado a nuestros oídos noticias del genocidio armenio y de San Gregorio de Narek, pero ese hecho y este hombre santo también son parte de nuestra herencia e identidad como católicos, es decir, miembros de la Iglesia Universal.

 

El Papa Francisco dijo esta mañana: “[…] He definido este tiempo como un tiempo de guerra, como una tercera guerra mundial ‘por partes’, en la que asistimos cotidianamente a crímenes atroces, a sangrientas masacres y a la locura de la destrucción. Desgraciadamente, todavía hoy oímos el grito angustiado y desamparado de muchos hermanos y hermanas indefensos que a causa de su fe en Cristo o de su etnia son pública y cruelmente asesinados –decapitados, crucificados, quemados vivos–, o bien obligados a abandonar su tierra.

 

“Hoy también estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva, por el silencio cómplice de Caín que clama: ‘¿A mí qué me importa?’, ‘¿Soy yo el guardián de mi hermano?’ (Gn. 4,9)”. Su Santidad nombró hoy doctor de la Iglesia al autor de las Lamentaciones, libro que estuvo en las manos de los mártires de abril de 1915, pero que antes estuvo en sus corazones y los modeló. Varios testimonios, a propósito de quienes recientemente han sido sacrificados por su fe en Irak, Siria y Libia, los describen con la palabra “Jesús” en sus labios, ese nombre ante el cual “se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra”. Si ellos no creyeran en la Resurrección no podrían mencionarlo con esa convicción, como lo hicieron nuestros mártires mexicanos al levantar la voz para decir: “¡Viva Cristo Rey!”.

 

En este Domingo de la Misericordia, el Santo Padre recordó la invitación de Jesús a Tomás, que no fue solo a él: “[…] Nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas… para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso”.

 

Le hago caso al Obispo Boghossian que nos pidió: “[…] Estaré muy agradecido si pudieran… los sacerdotes incluir los mártires del genocidio armenio en las preces de las santas misas, en unión con la Misa del Papa”. Los incluimos con cariño y agradecimiento. Que intercedan por nosotros y por nuestro pueblo.

 

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

 

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