Quedó plantado un olivo…

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Ecos de la peregrinación del Papa a Tierra Santa

 

 

En 2009 el cineasta Eran Riklis, nacido en Jerusalén pero con experiencias de vida y profesión cosmopolitas, presentó al mundo su película El limonero, que, aunque se difundió poco, sin duda será clásica. En ella se expresa “con mirada cálida y de emociones contenidas” una historia que enlaza, en un incidente que desde su pequeñez adquiere su grandeza, la arrogancia y el temor propios del Estado israelí y la patente injusticia hacia un pueblo, personificado en una mujer palestina que no puede ni siquiera sembrar con libertad limoneros en el pedazo de tierra heredado de sus antepasados, pues fueron considerados peligrosos para el Ministro de Defensa israelita que decidió construir su casa en un terreno vecino, en territorio ocupado. Imágenes de esa película acudieron a mi memoria al detenerme en algunos signos de la visita del Papa Francisco a Tierra Santa.

En las cercanías de Belén, en un campo de refugiados instalado desde 1948 (ya supera el tiempo del paso de los israelitas por el desierto al salir de Egipto), un niño se dirigió al Sumo Pontífice con estas palabras: “[…] Somos hijos de Palestina… Hemos abierto nuestros ojos bajo la ocupación y hemos visto la tragedia en los ojos de nuestros abuelos, cuando han dejado este mundo…” Ahí Juliette Banura, mujer de 36 años y su esposo Elías, se acercaron al Papa y le expusieron la triste situación de sus tres y media hectáreas sembradas de olivos y de todo el valle de Beit-Jal después de la construcción del ominoso muro “de seguridad”. Su Santidad, “con mirada cálida y de emociones contenidas” no solo escuchó los relatos de quienes tienen que mirar hacia el futuro, sino que se acercó y se detuvo en ese muro que el gobierno israelí insiste que es defensa necesaria contra el terrorismo. Si la oración silenciosa en el Muro de los Lamentos reviste peso histórico por sus referencias al pasado, la realizada en el nuevo muro lo tiene aún más, porque es una referencia que hipoteca el porvenir de muchos. Por algo, al retirarse el Papa hizo la señal de la cruz en su frente, pecho y labios; sin duda pensó en el éxodo de los cristianos de la tierra de Jesús que día a día se realiza, y ¿qué sería de esa tierra sin cristianos, sin esas “piedras vivas”?

Signos grandes acompañaron también esos días: el recuerdo del paso de Su Santidad Paulo VI y del Patriarca Atenágoras que rompió casi mil años de desencuentro y  excomuniones con el Oriente cristiano, que es manantial de teología vibrante y de espiritualidad intensa, patrimonio común de todos los discípulos del Señor. La veneración hecha al mismo tiempo de los lugares más preciosos de la cristiandad  enraizó a Francisco y al Patriarca Bartolomé en la herencia común: el Calvario y el “Anástasis”, el sitio de la Resurrección impropiamente llamado “santo sepulcro”. Ahí se cantaron troparios griegos y el himno de San Ambrosio, Aurora caelum purpurat (“El cielo se tiñe de púrpura”), que con esa espléndida alegoría celebra la belleza radiante del reinado universal de Cristo. Esa armonía parecía decir: el cuerpo de Cristo no tiene por qué estar dividido. Y una sorpresa rubricó sus signos: la convocatoria para un Concilio “verdaderamente ecuménico” en 2025, a mil setecientos años del de Nicea, cuya profesión de fe pertenece a todos los cristianos. Por su distancia no podemos saber quiénes irán ahí a consolidar la fe de siglos, pero la iniciativa no caerá en el vacío.

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Las situaciones políticas y sus tensiones estuvieron en el horizonte; sin embargo, el eje de esos días intensos fue la oración, ese impulso hacia arriba que nos hace verdaderamente libres al desatar todo vínculo que pretenda ser absoluto con poderes terrenales.

El Papa conoce la fuerza de la oración, el “poder de los sin poder” que ablanda corazones y tiende puentes hacia la paz. Hace unos meses convocó al mundo entero a orar por la situación de Siria y el resultado fue visible: las armas del país que se considera “el policía del mundo” se guardaron. Ahora invitó a orar, no a conversar ni a negociar, a los presidentes del Estado de Israel y el Estado palestino. El hecho de haber aceptado indicó rasgos de humildad en ambos, pues el pragmatismo y los cálculos políticos están ya casi agotados en este caso.

El formato fue sobrio, las expresiones escaladas de las tres tradiciones religiosas de origen común: Abraham, “nuestro padre en la fe”. El lugar fue plácido: los jardines vaticanos; las palabras se dirigieron al cielo, no a la tierra. Peres dijo: “Nuestro Libro de los libros nos impone el camino de la paz y nos pide que trabajemos por su realización”.Y Abbas: “Hoy repetimos las palabras de Jesús dirigiéndose a Jerusalén: ‘Si hubieras conocido hoy el camino de la paz’”. En el horizonte se veían los rasgos del ocaso; pero en los corazones más bien parecía nacer la aurora. Las palabras del Papa Francisco seguían resonando: “Para conseguir la paz se necesita valor; mucho más que para hacer la guerra”.

El viento de Pentecostés –pues era el día de esa fiesta del Espíritu– sopló con intensidad y llevó consigo semillas de futuro y de paz. Pentecostés es el reverso de Babel: de la confusión de las lenguas a la expresión de todos en una misma: la del amor. Solo el amor, “más fuerte que la muerte”, puede trazar caminos impensables superando  intereses encontrados y negociaciones complicadas.

En el lugar de la oración quedó plantado un olivo, el árbol de la paciencia y la reciedumbre. El rabino Skorka, amigo del Papa Francisco comentó: “Dentro de nosotros quedó plantado un olivo. Probablemente un día llegará una realidad diferente como fruto de quienes no han renunciado a la fe y a la esperanza”.

 

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

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Comentarios al autor: (manuelolimonnolasco98@gmail.com)

 

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