Niños y jóvenes en el ojo del huracán

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De continuo se escribe y debate sobre niños y jóvenes. Y se hace con un especial acento: sobre su precaria situación, su futuro, sus posibilidades de desarrollo, educación y salud. ¿Por qué se hace esto? Sencillo: porque se echa sobre sus espaldas la esperanza de que en este país (y en el mundo, en general) haya por fin un estado de bienestar que alcance para todos. En “Evoluciones” Fernando Delgadillo canta: “Ya vendrán luego nuestros hijos, es la disculpa, entre otras que te das, a crecer y a formar un sitio, mejor que el que ahora nos toca habitar. Son sueños que se pierden en el mar”. Es cierto que, dotados de las herramientas necesarias, niños y jóvenes pueden, bien encaminados y alentados, modificar sustancialmente el panorama desalentador y aciago que tenemos hoy enfrente. Y que no sea solo un sueño que se pierde en el mar. La cosa es, ¿qué estamos haciendo con ellos?, ¿llegarán siquiera a colocarse en el lugar indicado para comenzar a gestionar un importante cambio? Antes que todo, habrá que asegurarles lo sustancial: la vida misma, hoy tan depreciada y comercializada.

Prontitud y certeza

Y es que no podemos cerrar los ojos ante la evidencia. Señales de alarma hay muchas, y se repiten continuamente, como para recordarnos que hay que intervenir. Y la intervención ha de ser pronto y certera, dos cualidades que deben distinguir el proceder del católico, porque a la entrada se nos entregó mucho y, a la salida, mucho se nos ha de pedir: rendir cuentas al Señor no es una cuestión de sumas y restas, sino de poner en la balanza la trascendencia, oportunidad y magnitud de los actos amorosos y caritativos llevados a cabo con nuestros semejantes. Pero volvamos al principio: no podemos cerrar los ojos ante la situación delicada de los niños: hace unos días un periódico de circulación nacional apareció con este titular: “Algo aquí va muy mal”. Y esta cabeza alarmante se refería a los niños y jóvenes en particular: porque se están suicidando o va en incremento el intento por hacerlo. ¿Qué estamos haciendo?, o peor aún, ¿qué hemos dejado de hacer?

Radiografía

Hacia finales de 2014 en Nayarit se contabilizaban más de 70 suicidios. Un estudio en la entidad evidenció que la violencia intrafamiliar es el factor más preponderante para que, niños y jóvenes, decidan acabar con su vida, o por lo menos intenten quitársela. A esto se suma la falta de fortaleza en el vínculo familiar y la ausencia de valores: y aquí cabe, ¿qué estamos haciendo o qué hemos dejado de hacer?

La violencia de niños y jóvenes contra sí mismos, por otro lado, se agrava cada día más, pues recurren a métodos como el ahorcamiento en su mayoría. En Guadalajara, el Hospital Civil ha recibido, desde septiembre pasado a la fecha, un promedio diario de cinco niños que intentaron suicidarse. El año pasado lo lograron 52, en su mayoría estudiantes de primaria y secundaria. 157 suicidios de cero a 17 años han ocurrido en Jalisco en los últimos tres años. En esa suma anda Nayarit.

 

Poner las barbas a remojar

Ante este cuestionamiento de parte de una niña hacia el Papa Francisco en su reciente visita a Filipinas: “Hay muchos niños olvidados por sus propios padres. También hay muchos que son víctimas de cosas terribles como las drogas y la prostitución. ¿Por qué Dios permite que estas cosas sucedan, cuando además no es culpa de los niños? ¿Y por qué hay tan poca gente que nos ayuda?”. El Sumo Pontífice, por principio de cuentas, alabó la valentía de la pequeña, y enseguida dio una lección que bien puede aplicarse en este y muchos otros problemas de la vida: “¿Por qué sufren los niños? […] Existe una compasión mundana que no nos sirve para nada. Una compasión que a lo más nos hace poner la mano en el bolsillo y dar una moneda. Si Cristo hubiera tenido esa compasión, hubiera pasado y curado a tres o cuatro y luego vuelto al Padre. Solo cuando fue capaz de llorar, entendió nuestro drama”. Es decir, no nos quedemos como espectadores o dadores de una dádiva, porque al final, al entregar cuentas, aparecerá un déficit que resultará imposible resarcir.

 

Jacinto Buendía

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Comentarios al autor: (buendia@lasenda.info)

 

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