Miércoles de Ceniza: Una cruz que sabe a victoria

Si la corta permanencia en este mundo se resumiera en nacer llorando… y morir sin poder llorar… Y que al final de todo, sólo quedara polvo y ceniza: “Qué triste e inútil existencia”, aún la de aquellos que dicen que gozan de la vida.

Todas las religiones, filosofías, corrientes y antropologías de las diversas culturas deben responder a las preguntas fundamentales del ser humano… ¿Qué soy?, ¿de dónde procedo? y ¿cuál es mi destino y mi camino? Sin embargo, estas cuestiones se estrellan ante la realidad ineludible del sufrimiento, el dolor, la muerte, el más allá; todos ellos, compañeros inseparables del hombre a través de su existencia.
Y sólo la fe, cimiento firme del verdadero humanismo cristiano, resumido en una síntesis maravillosa, mediante el signo inmenso de “la cruz”, dota de sentido a la vida en su acepción más amplia, total: vida terrena, material, tridimensional; y a la trascendencia, vida después de la vida.

El día del comienzo
El Miércoles de Ceniza es el pórtico para entrar en un tiempo litúrgico muy especial en el pensamiento cristiano: la Cuaresma.
Día en el que la cruz ondea como signo de fe y esperanza en la frente de los creyentes. Cruces en frentes limpias, inocentes, con caras sonrientes de niños inquietos. Cruces en frentes culpables, ajadas por el paso del tiempo, del tedio por la vida o el desengaño y fracaso de tantas ilusiones. Cruces, y más cruces, que me obligan a pensar pausadamente un poco sobre todas ellas.

 

La cruz: un árbol con muchas ramas
Es un signo que en muchas culturas milenarias, tanto orientales como occidentales, ya aparece pleno de contenido místico, espiritual, esotérico, misterioso. En las leyendas orientales figura como el puente o la escala por donde los hombres se comunican con la divinidad.
En la literatura germánica medieval hay una adivinanza en la que se habla de un árbol, cuyas raíces están en el fango de la tierra y su vértice en el trono de Dios, englobando al mundo entre sus ramas: ese árbol es precisamente la cruz.
En la simbología judeo-cristiana es un signo aún más rico, más sublime. En geometría significa la perfección, con sus cuatro ángulos rectos, que suman la plenitud circular. En las matemáticas es el signo de la suma, no la resta apática y cobarde, no la división insidiosa y destructiva, no la multiplicación traidora y ventajosa; sino el signo de unión de esfuerzos y voluntades, de comunión con los demás.
Sus rasgos tan sencillos, una simple línea vertical, nos indican nuestros deberes y compromisos de comunicación con el infinito: Dios, señalándonos siempre el norte de eternidad. Y la línea horizontal igualmente recta, nos recuerda nuestra obligación de comunión y compromiso con el prójimo, sin distinciones de ningún tipo.

 

La síntesis de la Ley
Un día, sus enemigos le preguntaron a Jesús: “¿Qué es lo más importante de la Ley?”, refiriéndose en general a las leyes morales, litúrgicas y cultuales. Su respuesta resumió en el signo de la cruz toda su doctrina, toda la novedad de su mensaje. De todas esas leyes ninguna es importante, la única fundamental ley es “amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”; en esto está la perfección de toda la Ley y los profetas.

La doctrina verdadera
Esa cruz que para el romano constituía un signo de ignominia, de muerte vergonzosa; ese leño tan pesado y sangriento se convierte en el mayor signo de liberación. Para asombro de todas las mentes, de todos los tiempos, el que muere en ella, Jesús de Nazaret, resucita glorioso, dándole sentido a todas las cruces y a todas las muertes.
Esta es la simbología de la cruz, la doctrina verdadera del cristianismo. En esta cruz creo, y de allí emana la fe que quisiera transmitir. Pero lo difícil es siempre la interpretación humana de los signos y la traducción concreta, vivencial, las adaptaciones interesadas; y aquí es donde la historia, maestra de la vida, nos asombra.

Maniatada al antojo
La presencia del pecado como fuerza destructiva se manifiesta en millones de cruces que unos hombres preparan e injustamente imponen a otros a la fuerza.
¿Cómo es posible que el mismo símbolo de la cruz sea instrumento de perdón, de amor, de santidad y salvación; y en otro contexto sea instrumento de crueldad, de conquista, de opresión, de venganza y muerte de inocentes?
Y esto se da a todos los niveles: desde la opresión familiar injusta y brutal, aceptada a ciegas por la mujer que es golpeada, marginada –con esa frase cargada de miedo, indolencia, ignorancia religiosa, más que de virtud: “¿Qué quieres que haga?”… es mi cruz” –; hasta las grandes injusticias de la humanidad traducidas en tormentos físicos o psicológicos repetidos constantemente en toda la historia.
Todavía suena horrible y contradictoria, aunque hayan pasado ya muchos siglos, la frase la “Santa Inquisición”; y en la época moderna, en la nación más poderosa y desarrollada, es ignominia presente y frecuente hoy el que se encienda una gran cruz para quemar a un ser humano por el único delito de ser negro, chicano, asiático, árabe, o simplemente por pensar diferente a los grupos radicales anglosajones.
Recordemos, también, a nuestra doliente América Latina, con millones de indígenas marginados, empobrecidos, crucificados en tantas falsas cruces. Esas son las cruces en las que yo no creo, y no son las que Jesús nos manda aceptar, sino las que Él vino a destruir.

Del origen a la trascendencia
Volviendo al ritual litúrgico del Miércoles de Ceniza, la parte corpórea de nuestro ser la expresa bien, enérgica, aquella frase acuñada por la fe, la experiencia y sabiduría popular que se repite muchas veces este día en boca de millones de fieles: “Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir”.
No se trata de una frase copiada de alguna corriente existencialista, con sabor a derrota y a destrucción, sino un estímulo para, en este tiempo de Cuaresma, meditar –corregir el rumbo– y hacer obras positivas; en otras palabras, darle un poco de actividad a lo que no muere, a lo que vivirá por siempre, a lo que nos asemeja a nuestro Creador: ese soplo divino que todos portamos, y que es eterno.
Por eso, admiro y venero ahora la fe de tantos creyentes que portan con sencillez, e incluso con orgullo, tan hermosos signos en su frente, y espero que les den el más grande y profundo sentido liberador, verdaderamente cristiano.
Caminemos juntos por el desierto cuaresmal… Llegaremos, sin duda, a la Pascua de Resurrección.

Pbro. Lic. Carlos Peña R.

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