La Nueva Evangelización ha iniciado

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Editorial

Los obispos reunidos en la ciudad brasileña de Aparecida en marzo del año pasado, en la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, nos legaron no sólo el documento conclusivo de la reunión, del cual se desprenden múltiples enseñanzas y puntuales lecciones, sino que acordaron el lanzamiento de una Gran Misión Continental, con la encomienda de que todos los pueblos latinoamericanos hagan vida las palabras y obras de Jesús.

Esta Gran Misión arrancó, de manera formal, el pasado domingo 17 de agosto en la ciudad de Quito, Ecuador, con la clausura del Tercer Congreso Americano Misionero; y no pudo tener tinte mejor en su principio, pues la Misión Continental ha de ser primordialmente misionera, ir de un lugar a otro para llevar, de boca en boca y con alegría, la Buena Nueva para todos y para siempre.
Llevar a cabo esta tarea de dimensiones continentales requiere, además de preparación y ánimo de compartir, poner en marcha aquellas primeras manifestaciones de evangelización de los Apóstoles y sus discípulos; es decir, ponernos en acción misionera y permanecer en ese estado como una expresión irrenunciable de nuestro ser discípulos.

“Como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes” (Jn 20, 21). Este envío multitudinario de misioneros locales y más allá de las fronteras y del que formamos parte como católicos bautizados y comprometidos con nuestra Iglesia, desde sus primeras expresiones y hasta sus últimas acciones tiene por sujeto a todo el pueblo de Dios, ese pueblo predilecto del Señor que está sediento de esperanza.

Por otra parte, pero en concordancia con la Gran Misión Continental, en la pasada Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Sidney, Australia, quedó de manifiesto la necesidad apremiante de la misión, la misión como llamado a dar un testimonio creíble del amor y la bondad de Dios.

En la ciudad más poblada de Australia, el Papa Benedicto XVI, en su encuentro con los jóvenes del mundo, los increpó y los llamó a sumar sus manos y esfuerzos en favor de la construcción de un futuro más promisorio para sus comunidades de origen, para los países de su continente, para todo el orbe en general: “vosotros, jóvenes, (al estar aquí) en la Jornada Mundial de la Juventud, dais en cierto modo testimonio de querer participar en dicha misión”.

Haciendo alusión a su juventud, a su vitalidad, a su empatía, a sus ganas de sobresalir, el Sumo Pontífice les recomendó que sepan canalizar toda esa vorágine propia de los jóvenes, pero al mismo tiempo les recordó “una vez más, que sólo Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas del corazón del hombre”. En el llamado, en la respuesta a ese llamado, en la fidelidad a ese llamado.

Y es que todos somos, de algún modo, apóstoles: jóvenes, adultos, adolescentes, laicos, laicas, consagrados, religiosas, religiosos, sacerdotes, adultos mayores; y por lo tanto tenemos la obligación de salir, de ir en pos de aquél que ha errado el camino que lleva a la felicidad terrena como un paso para alcanzar la Vida Eterna, para hacerse de un lugar en la última morada: la Casa del Padre, que nos espera con los brazos y el corazón abiertos, “porque la fuerza de su Espíritu infunde en nosotros la fuerza de la caridad divina, que nos hace capaces de amar al prójimo y prontos para ponernos a su servicio”.

 

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