La Iglesia tiene mucho camino que recorrer

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2007_12_27

Entrevista a Mons. Carlos Aguiar Retes, Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano

El 13 de mayo, el Papa Benedicto XVI inauguró los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM), que tuvo lugar en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil. Los temas: «Vida», «Encuentro», «Comunión», «Palabra», «Familia» y «Derechos humanos», fueron los contenidos de dicha reunión, que vino a clarificar y a animar el quehacer actual de la Iglesia y el de los años venideros.
Sobre este tema publicamos íntegramente una entrevista exclusiva realizada a Mons. Carlos Aguiar Retes, Obispo de Texcoco y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).
Mons. Aguiar: Uno de los temas fundamentales del Documento conclusivo de Aparecida es la familia como patrimonio de la humanidad; ¿cree usted que la familia mexicana está sufriendo un cambio, una crisis en la que se deja entrever que ha dejado de ser transmisora de la fe? 
El problema en nuestro país, según una última encuesta, es que sólo 51 por ciento de los mexicanos se está formando en una familia tradicional, es decir, aquélla integrada por papá, mamá y hermanos; y el 49 por ciento, no. Eso ya nos habla de un problema, de una crisis, no de la familia, sino de que el núcleo familiar no es la casa, no es la cuna para ese 49 por ciento de mexicanos. ¿La familia sigue siendo transmisora de la fe? La mayor parte del 51 por ciento que sigue los términos habituales de la integración de una familia, considero que sí transmiten la fe, y es uno de los factores que inciden para que la cultura y los valores evangélicos tradicionalmente vividos por la sociedad mexicana todavía permanezcan; ese 51 por ciento, sin duda, es importante para la Iglesia.

América Latina siempre se ha distinguido por su religiosidad o catolicidad populares. ¿Cómo entender el protagonismo del laico en el campo de la Iglesia?
La promoción del laicado para que asuma el rol que le corresponde, particularmente en su vocación de servicio a sus semejantes, es un renglón pendiente.

…Entonces, ¿cómo promoverlos para que no sean laicos enquistados, como usted lo señalaba en su exposición?, ¿qué hacer, como jerarca, para que el laico verdaderamente se comprometa?
Particularmente estoy consciente de que a la jerarquía de la Iglesia le ha faltado audacia para acompañar de forma institucional al laicado, a fin de promoverlo en su vocación de servicio al mundo; y, por parte del laicado, también quizá han hecho falta propuestas e iniciativas para ser ayudados. El hecho de que estemos conscientes de ello, me parece que ya es ganancia, porque es mucho más sencillo lograr acuerdos cuando se saben las deficiencias. Así, de un momento a otro comenzarán a surgir diversas propuestas en ese sentido. ¡Esa es mi esperanza!

En el contexto de la realidad actual de nuestro país, ¿qué desafíos considera que es más urgente afrontar?
Bueno, en México, como Iglesia, hacia su interior, el primer gran desafío es la conversión pastoral; es decir, que los sacerdotes y todos los fieles laicos que colaboran en las labores de evangelización, estemos plenamente convencidos de que Cristo está presente y está siendo realmente representado; hacerlo vivo por medio de nosotros. Creer en la Buena Nueva de que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros, transmitirla y testimoniarla a la sociedad. De esta manera se estaría cristalizando lo que se concluyó en la reunión de Aparecida: hacer de nuestras parroquias y de nuestras diócesis instancias misioneras, que desarrollen una vida misionera normal, natural; es decir, que todos sepamos cómo transmitir la fe y cómo dar testimonio de ella en el ambiente en el que nos movemos diariamente.

…y ¿en lo tocante a nuestro país?
En cuanto a nuestro país, en lo que la Iglesia puede colaborar como tal, considero que el principal reto es que tomemos conciencia de que tenemos un talento que hemos sepultado, y que es necesario desenterrar, como lo dice la parábola, para hacerlo fructificar: ese talento es la autoridad moral que tiene la Iglesia. Una autoridad que tiene que influir positivamente, para reconciliar, animar, consolar, fortalecer, acompañar, y hacer que la gente crea en sí misma, para que las familias no tengan miedo a las crisis que atraviesan y sepan que hay un camino a seguir; para que la sociedad se dé cuenta de que no siempre se tiene que presionar a las autoridades a través de movilizaciones y bloqueo de calles, buscando que se haga caso a las demandas presentadas, sino que las instituciones funcionan para lo que han sido creadas. En esto la Iglesia tiene la misión de ser como el alma, como el espíritu que le dé la confianza al ser humano, y organizadamente, también en comunidad; que el hombre de hoy tenga fe en sí mismo y que sea consciente de que hay mucho por hacer.

Se sabe que en toda América Latina hay una gran desigualdad en la distribución de la riqueza, ¿qué se puede hacer para ir eliminando esa brecha tan grande, que se abre cada vez más, entre ricos y pobres?
Es que este es el principal problema: la iniquidad, y se debe atacar desde varios frentes fundamentales: uno es la transparencia en el manejo de los recursos públicos; ya se dio el paso en lo federal, falta en lo estatal y municipal. También es necesario que se pacten reformas en pro de la justa distribución de la riqueza. Parece –esa es la impresión que tenemos– que con la reciente reforma fiscal se pretende eso, pero, muchos también lo advierten, tendrían que darse otros pasos. Por otro lado, de parte del gobierno también es muy importante la orientación estratégica de los recursos para los más necesitados, que supone un gran reto, porque para que una nación progrese necesita infraestructura, y ésta normalmente beneficia a los dueños de los negocios y no a quienes más necesidad tienen. El gobierno, pues, tiene delante un desafío muy grande: ¿cómo lograr que los recursos no solamente beneficien a grupos privilegiados, sino que, de alguna manera, mayoritariamente sean derivados hacia las clases más marginadas? Ahí está el dilema.

En su opinión, ¿cuáles han sido las principales aportaciones de parte de nuestros obispos mexicanos en la pasada V Conferencia del CELAM?
Creo que el trabajo en la quinta conferencia hay que entenderlo como una labor colegiada y no de representación, es decir, los obispos de México, así como los de otros países, estuvimos distribuidos en distintos grupos. Por lo tanto, el documento fue elaborado con las aportaciones de todos los grupos, y creo que México tuvo una participación plena, no en cuanto a temas en la conferencia, salvo éste que señalé en la conferencia (en el Seminario Diocesano de Tepic) «La educación como bien público», pues las preocupaciones entre las naciones son muy comunes; es decir, la vida interna de las iglesias (diócesis) que peregrinan en el continente son muy semejantes en sus carencias, limitaciones, potencialidades, y eso ayudó a la puesta en común. No me atrevería a decir en esto o en aquéllo, sino que se fueron armando las conclusiones con las opiniones de todos los obispos de todos los países participantes.

Mons. Carlos, ¿quisiera usted agregar algo más?
Enviar un saludo cariñoso a todos los que habrán de leer estas palabras, esperando que reflexionen y que les puedan ayudar a entender este importante momento que vivimos.

 Luis Fernando Rojas B.

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