Ética y reforma fiscal

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Lo bueno y lo malo en el México actual

En el Congreso Federal se están discutiendo diversas propuestas de reforma fiscal. Las posturas son contrastantes, e incluso excluyentes. Quienes integramos la Comisión Episcopal de Pastoral Social mexicana, elaboramos una «contribución desde la perspectiva ética» sobre el tema. Comparto con los lectores de La Senda algunos puntos.

Ante todo, reconocemos que el país ha logrado algunos avances, como la creciente democratización, la división de poderes, el incremento de vías de comunicación, de escuelas, de redes de electrificación y otros servicios básicos. Se está combatiendo el narcotráfico; se avanza en el tema de los derechos humanos y en la participación de la sociedad civil. Poco a poco se va respetando más a los indígenas y sus culturas. Sin embargo, advertimos que en nuestra patria, en comparación con otros países, el nivel de recaudación fiscal es muy bajo, e insuficiente para lograr sus fines… No podemos tampoco soslayar la alta dependencia financiera del país con respecto a los ingresos que recibe el gobierno de la producción petrolera y por concepto de las remesas de nuestros migrantes.

Agregamos que en nuestro país existe una grave e inequitativa situación económica y social, producto, entre otras cosas, de la enorme concentración de la riqueza en manos de unos cuantos… México, como la mayoría de los países de nuestro continente, se mueve en una estructura económica mundial que genera pobreza, exclusión social y acumulación de capital en pocas manos.

El cristiano y su compromiso
La fe cristiana tiene una palabra que decir al respecto. Por ello, expresamos: Los obispos mexicanos, que tenemos la misión de continuar el camino de Jesucristo, no podemos ser ciegos y sordos ante el clamor de los pobres. Nos duele la pobreza de millones que no tienen acceso a los bienes elementales, pues Jesús nos encomendó preocuparnos porque no les falte lo mínimo necesario para una vida digna. Si no lo hiciéramos, no sólo traicionaríamos nuestra misión, sino que nosotros mismos no tendríamos vida. El testimonio del Señor nos interpela. En el Evangelio contemplamos cómo, sin estar obligado, pide a Pedro pagar, por parte de ambos, el impuesto correspondiente (Cfr. Mt 17, 24-27); cómo se define ante la alternativa de tener razones para evadir el pago de impuestos (cfr. Mt 22, 17-21). Esta enseñanza del Señor la encontramos en San Pablo, como una exhortación a las primeras comunidades cristianas (Cfr. Rm 13, 7).

Pagar impuestos justos, es exigencia de la fe cristiana. Pero, como dice el Concilio, en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas sociales. No pocos, valiéndose de diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad (GS, 30).

Una responsabilidad compartida
¿Qué hacer? Un sistema fiscal es «bueno» cuando es, al mismo tiempo, justo, eficiente y equitativo… El reto último de la reforma hacendaria está en sustentar un desarrollo social que cohesione al país, cierre las brechas de la desigualdad, integre a todos sus habitantes a la economía nacional y fomente en todos su sentido de pertenencia a la nación. Pero advertimos también que se debe promover la reforma política que requiere el país e impulsar una nueva estructura económica regional y mundial, más justa y solidaria.

¿Qué esperamos del Congreso? El Poder Legislativo tiene la importante responsabilidad de aprobar una reforma hacendaria que responda a criterios éticos a fin de que sea justa, eficiente y equitativa; que responda a las necesidades básicas de la población, a un desarrollo sustentable a largo plazo y refleje los puntos de vista de toda la sociedad.

Todos somos corresponsables. Por ello, la sociedad toda, incluidas las asociaciones religiosas, debe reconocer su deber de contribuir mediante el pago de sus impuestos al bien común. La contribución para la generación de bienes públicos es un deber de los ciudadanos y empresas, pues la búsqueda exclusivamente del interés particular no se puede justificar como único fin de la economía, ya que existe la obligación ética de promover el desarrollo de todas las personas y la equidad del orden social.

Mons. Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de las Casas, Chiapa
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