La Senda

El camino para convertirse en misionero de Cristo

 

Queridos catequistas: en Cristo Jesús, misionero del Padre, reciban un saludo cordial y fraterno del Equipo del CECAT y les compartimos una sencilla reflexión-motivación para vivir nuestra vocación misionera.

El Papa Francisco, en la catequesis del 17 de septiembre de 2014 en la Plaza de San Pedro, dijo: “La Iglesia es católica porque es universal: tiene la misión de anunciar la buena noticia del amor de Dios hasta los confines del mundo… Y es apostólica porque es misionera”. Es una Iglesia en “salida”.

Afirmó que, “como miembros de la Iglesia, también nosotros participamos de su misión: somos responsables de la salvación de todos los hombres; además, el Espíritu Santo también actúa en nosotros para que no nos cerremos en posiciones unilaterales y procuremos siempre el entendimiento, la armonía, la ‘sinfonía’ en la vida cristiana”.

 

El amor y el Espíritu Santo, fundamentos de la misión

Para su Iglesia, Dios escoge hombres y mujeres pobres, frágiles, humildes. Pero la presencia de Cristo y de su Espíritu nos convierte en una comunidad unida por el amor y valerosa en el testimonio (cfr. 1Cor 1, 26-28). La fuerza no nace de nosotros. Somos misioneros porque somos enviados y el Espíritu nos acompaña.

Quien ha sido invitado a la misión ha de responder fortaleciendo la conciencia de que tiene una dignidad divina, porque se sabe amado por Dios. Se trata de un amor que no se nos da por méritos propios, sino por iniciativa divina.

Nosotros, catequistas misioneros, tenemos que ser una presencia llena de entusiasmo, de cercanía, de entrega, de esperanza, de comunión y de caridad. Es decir, un testimonio vivo de fe en Jesucristo.

 

Conversión, seguimiento y profesión de fe

Para ser misioneros hemos de ser dóciles y dejarnos conducir por el camino de la conversión y del seguimiento, hasta llegar a la profesión de fe. Quien es elegido y llamado por Jesucristo para colaborar en su misión ha de recorrer este itinerario que el mismo Señor califica de puerta estrecha y camino angosto (cfr. Mt 7, 14). El itinerario no es lineal, se da como un movimiento en espiral que realimenta su fuerza volviendo al eje y de este modo impulsarse más lejos.

Respecto a la conversión, es el primer paso a dar para ser enviados y es importante abrirnos a ella con un cambio de actitud, para que el Espíritu haga surgir en nosotros una nueva criatura. La vocación misionera es una oferta a la que diariamente hemos de responder. Es un trabajo largo, constante y nunca acabado.

Ser discípulo es ir tras Jesús, estar con Él. ¿Qué más se puede pedir? Sin embargo, no cualquiera lo resiste, siempre hay que estar dispuesto a: caminar, desarraigarse, desinstalarse de las comodidades, asumir ser enviado (cfr. Lc 10, 1).

Estar con Cristo es una constante propuesta ante la que fácilmente se puede sucumbir: si quieres… vete… vende… regala y, después ven y sígueme. Ser discípulo exige no llevar cosas de más; al misionero se le pide renuncia a sí mismo y a todo lo que tuvo hasta entonces y hacerse todo para todos (cfr. AG, n. 24). Esta renuncia de sí mismo y de todo es la pobreza que deja libre para el Evangelio.

 

Hacia un estado de misión

Hermanos catequistas, hemos de lograr que nuestras comunidades y los agentes que formamos maduren pasando de ver la misión como “un momento” hacia un estado de misión, como forma permanente de vida pastoral.

Hemos de tener presente que el fundamento de nuestro apostolado es (cfr. 1Cor 3, 9-15):

  • Una conciencia profunda de ser instrumentos del amor del Padre. Él no se cansa ni se arrepiente de habernos llamado a colaborar en su proyecto.
  • La convicción de que solo Cristo, por su Muerte y Resurrección, es el mensaje personal del Padre que nos redime, encomendándonos el anuncio de esta buena noticia.
  • La esperanza inquebrantable en la acción del Espíritu Santo que actúa en todo y en todos.

 

La Nueva Evangelización requiere de un nuevo Pentecostés que nos haga salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad; salir en busca de nuestros hermanos para anunciarles la buena nueva y comprometernos con su realidad. Que el Señor “nos ayude a anunciar a Cristo, que ama a todos los hombres”.

Somos Iglesia en “salida” a predicar, enviados a llevar a los hombres este anuncio del Evangelio, acompañándolo con los signos de la ternura y del poder de Dios.

 

 

María Adela Suárez de Luna

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Comentarios a la autora: (ade.suarez@hotmail.com)

 

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Nuevo orden económico Felipe Arizmendi Esquivel,Obispo de San Cristóbal de Las Casas El descontrol financiero mundial de días pasados, el derrumbe generalizado de las “bolsas de valores”, la incertidumbre de los mercados y de los capitales, el deterioro del globalizado sistema económico, hacen caer en la cuenta de que ha llegado el momento de revisar a fondo los mecanismos con que se sostiene este mundo capitalista en que nos movemos. Los países ricos, los consorcios y las instancias financieras mundiales se unen para proteger sus intereses y salir adelante; los pobres quedan indefensos y excluidos. Así lo describimos en Aparecida: “Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (DA 65).  ¿Y la justicia? Desde el año 1891, cuando el Papa León XIII escribió su Encíclica Rerum novarum, en que criticó el socialismo y el liberalismo, denunció “la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría”. Es lo que el Papa Juan Pablo II, en 1991, calificó como “capitalismo salvaje”, como lo afirma la encíclica Centesimus annus en el número 8, “capitalismo primitivo” (33). Dijo: Existe el “riesgo de una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías” (40). En 1999, escribió en Ecclesia in America: “Cada vez más, en muchos países americanos impera un sistema conocido como ‘neoliberalismo’; sistema que haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces, en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político, que causan la marginación de los más débiles. De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y de estructuras frecuentemente injustas” (56). La crisis de la economía indica que debe haber un “nuevo orden económico”. Sin embargo, “la Iglesia no tiene modelos para proponer. Ofrece la propia doctrina social, la cual reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común” (Centesimus annus, 43). Así también dice el Papa Benedicto XVI: “La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien” (Deus caritas est, 28). Afrontar con responsabilidad No esperemos hasta que el sistema cambie, pues no sucederá de la noche a la mañana. Ante los embates de esta crisis económica que a todos afecta, hay que trabajar, aunque sea en labores sencillas; ahorrar y no malgastar en cosas superfluas; educarnos en la austeridad, renunciando a gustos transitorios y vanos; en vez de consumir alimentos “chatarra” y refrescos embotellados, elaborarlos en casa; son más sanos y más baratos. Es responsabilidad del Estado proteger a las mayorías empobrecidas, como decía ya el Papa León XIII: “La clase rica, poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de ser protegida por los poderes públicos; en cambio, la clase proletaria, al carecer de un propio apoyo tiene necesidad específica de buscarlo en la protección del Estado. Por tanto, es a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y sus cuidados” (Rerum novarum, 125). Y lo que se dice sobre los obreros, hay que decirlo hoy de campesinos, indígenas, migrantes, desempleados, etcétera.
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Nuevo orden económico Felipe Arizmendi Esquivel,Obispo de San Cristóbal de Las Casas El descontrol financiero mundial de días pasados, el derrumbe generalizado de las “bolsas de valores”, la incertidumbre de los mercados y de los capitales, el deterioro del globalizado sistema económico, hacen caer en la cuenta de que ha llegado el momento de revisar a fondo los mecanismos con que se sostiene este mundo capitalista en que nos movemos. Los países ricos, los consorcios y las instancias financieras mundiales se unen para proteger sus intereses y salir adelante; los pobres quedan indefensos y excluidos. Así lo describimos en Aparecida: “Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente “explotados” sino “sobrantes” y “desechables” (DA 65). ¿Y la justicia? Desde el año 1891, cuando el Papa León XIII escribió su Encíclica Rerum novarum, en que criticó el socialismo y el liberalismo, denunció “la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría”. Es lo que el Papa Juan Pablo II, en 1991, calificó como “capitalismo salvaje”, como lo afirma la encíclica Centesimus annus en el número 8, “capitalismo primitivo” (33). Dijo: Existe el “riesgo de una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías” (40). En 1999, escribió en Ecclesia in America: “Cada vez más, en muchos países americanos impera un sistema conocido como ‘neoliberalismo’; sistema que haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces, en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político, que causan la marginación de los más débiles. De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y de estructuras frecuentemente injustas” (56). La crisis de la economía indica que debe haber un “nuevo orden económico”. Sin embargo, “la Iglesia no tiene modelos para proponer. Ofrece la propia doctrina social, la cual reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común” (Centesimus annus, 43). Así también dice el Papa Benedicto XVI: “La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien” (Deus caritas est, 28). Afrontar con responsabilidad No esperemos hasta que el sistema cambie, pues no sucederá de la noche a la mañana. Ante los embates de esta crisis económica que a todos afecta, hay que trabajar, aunque sea en labores sencillas; ahorrar y no malgastar en cosas superfluas; educarnos en la austeridad, renunciando a gustos transitorios y vanos; en vez de consumir alimentos “chatarra” y refrescos embotellados, elaborarlos en casa; son más sanos y más baratos. Es responsabilidad del Estado proteger a las mayorías empobrecidas, como decía ya el Papa León XIII: “La clase rica, poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de ser protegida por los poderes públicos; en cambio, la clase proletaria, al carecer de un propio apoyo tiene necesidad específica de buscarlo en la protección del Estado. Por tanto, es a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y sus cuidados” (Rerum novarum, 125). Y lo que se dice sobre los obreros, hay que decirlo hoy de campesinos, indígenas, migrantes, desempleados, etcétera.