La Senda

Dolor y fe: adhesión a la voluntad divina en perfecta alegría

 

A la edad de 20 años Manuelita (Madre María Inés, antes de ser religiosa) supera el temor de operarse de apendicitis. “Y resolví que me operaran para ofrecerle mis sufrimientos a Dios” (Experiencias espirituales, f. 449).

 

Vocación al servicio de los demás

En junio de 1928 consigue el permiso escrito de sus padres para ingresar en el Monasterio de Clarisas Sacramentarias, en Los Ángeles, California. Eustaquio, su único hermano, iba a acompañarla, pero se enfermó de peritonitis y murió el 1 de julio. El 5 de junio de 1929 Manuelita de Jesús ingresa al convento de las Clarisas Sacramentarias, decidida a trabajar en su santificación. Madre Inés colabora en el sostenimiento del monasterio, trabajando de forma ardua.

En 1940 la Madre María Inés Teresa inicia los preparativos de la fundación; con ello, una nueva faceta de sufrimiento… de configuración con el divino Esposo. Muchas penas, contradicciones y dificultades soportó, pero el sentido del buen humor nunca le hizo falta.

El 26 de abril de 1941 muere su padre. En 1944 recibe la noticia de desahucio de su hermana María. El 13 de  febrero de 1945 el Señor le permite la entrega generosa de su mamá, la señora María. Con los cimientos del amor y el dolor, el 21 de agosto, Madre Inés, con cinco religiosas, funda en Cuernavaca un monasterio con miras a transformarse en congregación misionera. En 1951, junto con la trasformación del monasterio en instituto misionero, nuevas penas constituyen los cimientos.

Paz, a pesar de las adversidades

En 1961, a diez años de la aprobación pontificia, contemplamos a la Madre Inés viviendo de fe en medio del dolor en grado heroico, enfermedad física y preocupación por la situación de sus hijas en Lunsar, Sierra Leona. “Durante los dos meses que estuvo nuestra madre en Gardena, California, enferma de herpes, recibimos de ella un testimonio de completa y gozosa entrega a la voluntad de Dios… A pesar de los dolores y molestias que sufría por su enfermedad, su actitud era la de siempre: rebosando amor maternal, alegría, gozo, sentido del humor y sobre todo una paz muy profunda(testimonio de la hermana Carmen Ríos Chávez, testigo presencial).

En febrero de  1967 es intervenida quirúrgicamente, no sin antes pedir perdón a todas sus hermanas. En abril de 1973, los médicos le diagnostican hernia: “Les encargo mucho nuestras misiones existentes. Tengo mucha ilusión espiritual en esa nueva fundación entre indígenas. Espero pongan en ello mucho empeño. Cuando les sea posible también la de Korea, y la de Nigeria”.

El 28 de abril de 1980 inicia el último regalo en la tierra para el Esposo divino, que habrá de concluir el 22 de julio de 1981, cuando fue llamada a la presencia de nuestro Señor. “Empezó con un dolor muy fuerte en el hombro y antebrazo izquierdo, consecuencia de una caída que había sufrido diez años antes, cuyo impacto subió el fémur del lado izquierdo nueve milímetros; pero no solo el fémur, sino toda su caja torácica, así, en lugar de verse pares de costillas, se veía una costilla más alta que la otra por nueve milímetros, y así todos sus huesos, todo su esqueleto más alto del lado izquierdo que del lado derecho” (madre Ma. Teresa Botello, Vicaria General en 1980). Podemos deducir que la madre en ese trayecto sufrió dolor, malestares continuos, pero los ofreció en silencio.

En las manos del Padre

En noviembre sufre un derrame cerebral: “En su última enfermedad, por ejemplo, cuando tuve yo que informarla del diagnóstico y sus consecuencias, me contestó: ‘Estoy en las manos de Dios, Él sabrá tener misericordia de mí, y con respecto a preparar o disponer algo sobre la congregación, como fundadora o superiora general como ellos te han dicho, nada en la congregación está a mi nombre, de todos los asuntos de la misma está informado el consejo general. No creo que haya algo pendiente, así que Él disponga de mí cuando y como Él lo quiera, como sea su adorable voluntad, sé que Él es mi Padre y no me abandonará’” (madre Teresa Botello Uribe, declaración al Tribunal del Proceso).

 

La sonrisa de Madre María Inés es testimonio de su inquebrantable fe, que le permitió vivir la adhesión a la voluntad divina en perfecta alegría.

 

Hna. Ma. Isabel Orozco Lugo / Misionera Clarisa

 

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