China: Un país de doble cara

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Lo que no salió en la televisión

El pasado 8 de agosto China, el país sede de la edición 29 de los Juegos Olímpicos de la era moderna, deslumbró al mundo con el espectáculo de inauguración de la contienda olímpica en el Estadio Nacional “Bird Nest” (“Nido de Pájaro”), llamado así por su forma arquitectónica.
Los ojos de los más de cuatro mil millones de televidentes que siguieron la transmisión de esa noche inaugural quedaron maravillados ante el despliegue acrobático, tecnológico, de luces y números deslumbrantes que comprendió el programa que tuvo una duración de poco más de cuatro horas. Un espectáculo digno de una de las potencias más pujantes y ricas en estos primeros años del nuevo milenio.
Pero, ¿China es sólo eso: una nación exótica, rica y deslumbrante? ¿Qué hay más allá de esas ciudades ultramodernas y capitalistas? ¿Qué se esconde entre los escombros de las enormes fábricas y edificios futuristas? ¿A costa de qué China ha logrado posicionarse entre los primeros países del orbe, económicamente hablando?

Un sistema deshumanizado
Aún cuando China intenta mostrarse como una nación abierta al mundo, en el fondo sigue siendo un país comunista: según Minxin Pei, director del Programa de China en el Carnegie Endowment for International Peace, China es definitivamente una dictadura. Pei, al comparar a este país asiático con una enorme corporación, dice que “los gerentes quieren mostrar edificios maravillosos, avenidas de paisajes hermosos, aeropuertos altamente equipados. Pero, ¿qué hay del otro lado? Porque estas cosas no llegan gratis. Cuestan. Nos cuestan la disponibilidad de un sistema de salud accesible. Nos cuestan vivienda y educación. Así que mientras China construye su enorme infraestructura visible, deja abandonada su infraestructura social invisible”.
A este respecto, cuatro años antes de la realización de estos Juegos Olímpicos el gobierno chino llevó a cabo miles de desalojos arbitrarios de casas habitación para levantar lujosas instalaciones deportivas, carísimos condominios y deslumbrantes hoteles, centros comerciales y campos de golf en sus principales ciudades: todo, con la mira puesta en las Olimpiadas.

Voces acalladas por la fuerza
A los chinos no les preocupa en los más mínimo lo que sucede fuera de su país, salvo en contadísimas excepciones: consideran que ellos son el centro del mundo, sobre el cual gira el universo que los rodea. El Partido Comunista Chino controla el país a lo largo y ancho, y todo aquello que atente contra la estabilidad económica o contra la autoridad ha de ser acallado de cualquier forma; para muestra basta un botón: la brutal represión de los miles de estudiantes que acamparon a mediados de mayo de 1989 en la plaza de Tiananmén, y que pedían la apertura del régimen a una democracia multipartidista, dejó miles de heridos y centenares de muertos. Algunos expertos consideran que a partir de esta fecha puede precisarse la consolidación del modelo económico y político chino actual. Y las otras voces acalladas por la vía violenta fueron las protestas tibetanas de marzo pasado, que hicieron eco a nivel internacional poniendo en peligro más de una vez la realización de los Juegos Olímpicos en la China pujante y comunista.
En esta nación se violan sistemática y cotidianamente los derechos más fundamentales de las personas, pues con ello el Partido Comunista Chino mantiene a raya a disidentes y grupos que pudieran implicar un riesgo para quienes detentan el poder.
Cabe señalar que China no permite el ingreso de observadores extranjeros de derechos humanos, ni tampoco organizaciones de este tipo en suelo nacional. Aquellos ciudadanos que logren ponerse en contacto con agrupaciones extranjeras de derechos humanos corren el riesgo de acabar en prisión.

Un precio muy alto
China tiene una población de poco más de mil 300 millones de personas, en un territorio sólo superado en extensión por Canadá y Estados Unidos. Con todo este potencial en mano de obra sería raro que este país no figurara entre las primeras potencias económicas de todo el planeta.
Es indudable que China en los últimos años se industrializó de manera acelerada, y se convirtió, casi de la noche a la mañana, en el segundo país más exportador a nivel mundial, lo que, por consiguiente, vino a alterar el comercio internacional; no hay que ir muy lejos para estar conscientes de esto: en México, por ejemplo, las exportaciones Chinas han dado al traste con varias industrias, y no se hable ya de las miles de toneladas de productos pirata que inundan la República Mexicana.
Para lograr esta industrialización millones de chinos emigraron del campo a las ciudades, pero a un precio altísimo: más de 320 millones de chinos (casi el triple de la población total mexicana) vive en la pobreza extrema, y la mayoría de los trabajadores –unos 650 millones– perciben unos cuarenta dólares de salario mensual en promedio, además “no tienen derecho a sindicalizarse y carecen de las prestaciones más elementales. Hay escasa o nula protección contra sustancias tóxicas. Los accidentes de trabajo son están a la orden del día. Muchas empresas alojan a sus trabajadores en barracas cercadas con alambre de púas, de donde pueden salir sólo cuatro horas una vez por semana. Se ha documentado que empresas coreanas tienen dentro de las fábricas cuartos de castigo y practican la retención salarial”, anota Ramón Cota Meza en “China. El otro lado de la moneda”.

La mano de la muerte
China es uno de los países en los que está permitida la pena capital; aún más, en este país asiático “se ejecuta a unas diez mil personas al año, lo que supera con mucho a todos los demás países juntos”, agrega Cota Meza. El más básico humanismo, como puede verse, no figura en la agenda de las autoridades chinas.
Incluso, entre la lista de licitaciones que se elaboró con miras a la organización de los Juegos Olímpicos, se incluyó –se desconoce con qué motivo “deportivo”– la construcción de una modernísima cámara de ejecución por inyección letal.
Entre las tantas maneras de volver al sendero a los descarriados que pone en marcha el Partido Comunista Chino, figuran penas y castigos que varían según la falta o el delito cometido: “reforma del pensamiento”, que se aplicó a un médico de 72 años por denunciar una epidemia de SARS sobre la que el gobierno guardó silencio durante semanas ante inversionistas extranjeros; pena de “reeducación”, a la que se hacen merecedores aquellos que se rehúsan a admitir que el Tíbet siempre ha sido parte de China y se mantienen leales al Dalai Lama; además de trabajos forzados, tortura, el exilio y “reeducación por el trabajo”.

Un gigante de poca altura
China, ya lo decíamos al principio, dejó anonadado al mundo en la ceremonia de inauguración de las recién concluidas Olimpiadas, pero esta otra cara de ese gigante asiático también deslumbra, aunque no del mismo modo: a estas alturas, entonces, cabría preguntarse si se justifica que China mantenga un gobierno autoritario y represivo que lo ha llevado a las altas cumbres económicas mundiales, pero con un costo democrático y social de enormes dimensiones, y quizás de irreversibles consecuencias.
La respuesta, dirán algunos, ya está dada y justificada con creces al mirar su crecimiento y expansión en todos los niveles; pero, dirán otros, no es meritorio que ese despegue se finque sobre la base de una sociedad deshumanizada, reprimida, desangelada, sin voz ni voto en las decisiones que le atañen.
China, y nadie puede negar esto, es protagonista en el nuevo escenario mundial, pero ¿hasta qué punto es esto motivo de orgullo para el mundo entero?

Sólo en un país como China podrían erigirse aldeas Potemkin (bautizadas en honor del príncipe ruso Grigori Potemkin, que inauguró la costumbre de engañar a propios y extraños construyendo pueblos completos a orillas del Volga para que la emperatriz Catalina II quedara convencida de la colonización de todos sus territorios) para crear la ilusión de riqueza, aire limpio y cohesión social”. Isabel Turrent (Letras Libres, “El imperio de la represión”, agosto de 2008)

Juan Fernando Covarrubias Pérez

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