La Senda

Año nuevo, esperanza nueva

Editorial

Este 1 de enero comenzamos un año nuevo: el 2008, que anuncia, con bombo y platillo, que el fin de la primera década del nuevo milenio no está muy lejos.

Un año más de vida o un año menos, depende de la óptica con la que se mire. Lo cierto es que el Papa Benedicto XVI ya nos ha marcado la pauta para vivirlo, con su nueva encíclica: “Spes salvi”, la esperanza. La clave para vivir un año nuevo, cada año nuevo, mejor dicho, cada instante de nuestra vida, es a través de la esperanza. Y la esperanza, dice el Sumo Pontífice en su encíclica, consiste en: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero…”. Así pues, cada año de nuestra vida cobrará sentido en la medida en que nos acerquemos a Dios para conocerlo y conociéndolo, poder amarlo.

Ciertamente, un año nuevo trae consigo cosas buenas y cosas no tan buenas; trae grandes oportunidades y grandes dificultades, alegrías y tristezas, triunfos y fracasos. Las cosas buenas las atesoraremos sin duda, igual que las alegrías y los triunfos; pero ¿qué hacer con los fracasos y las dificultades? Hay que verlos con esperanza; es decir, aún en cada dificultad, en cada aparente fracaso, debemos encontrar el rostro de Dios, de su providente mano que nos da todo y sólo lo que necesitamos para ser felices. De ahí que nuestra oración para cada año tenga que ir en ese sentido: “Señor, enséñame a pedir sólo lo necesario para lograr mi salvación”.

Los que creemos en Cristo podemos vivir el año de manera distinta. Nuestro contexto, de esperanza, da sentido a lo que en la noche de fin de año celebramos tradicionalmente en familia. Hay dos cosas importantes que podemos hacer:

La primera: reflexionar un poco sobre el año que se fue, la familia, el trabajo, cómo lo viví en Cristo… éxitos, fracasos, qué debo dejar, qué debo añadir; pero sobre todo dar gracias a Dios y a los hermanos por las bendiciones y por todo lo realizado.

Y la segunda: planear algo serio para el nuevo año; doce meses de oportunidades en la familia, el trabajo, en la vida de amor y de dolor. ¿Cómo compaginar la pólvora y la paciencia en mi existencia? ¿Cómo ser más generoso o más paciente en algo concreto, con los vecinos, con el Señor? En el año nuevo judío tiene lugar la “Fiesta de los Ácimos”, un festejo para perdonar todo lo malo de quienes rodean, el esposo, el hermano o el amigo. ¡No más ácimos en la vida!, no más agruras, no más recordar al vecino o a la esposa lo malo que hizo hace 20 años. Hay que perdonar y olvidar, porque quien no sabe perdonar, no sabe amar, y va a hacer ácima su vida y la de los demás.

Año nuevo, esperanza nueva: la de vivir diferente, ser diferente y pensar diferente; un año que cobra sentido si, en todo lo que hagamos, buscamos encontrarnos y conocer más al Dios de la vida.

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