¿Adoramos o veneramos a la Virgen María?

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Hay algunos que piensan que los católicos “adoramos” a María. ¿Es eso cierto?

Desde el designio divino
Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel, enviado por Dios, saludó a María con estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1, 28). Dios Padre ha querido asociar a María a la realización de su plan de reconciliación. De este modo María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No se trata de un simple capricho o exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio que la envuelve está íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella “todo está referido a Cristo”, subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le vienen por los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una Mujer única, con dones únicos para una misión muy particular en la historia.

María coopera en la obra de la reconciliación. Para ser la Madre del Salvador, María fue dotada por Dios con dones a la medida de su importante misión; Ella es la “llena de gracia”. Sin esto, María no hubiera podido responder a tan grande llamado. Ella es Inmaculada, libre de todo pecado original, en virtud de los méritos de su Hijo (LG, n. 53).

Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y posibilidad humanas. María es, pues, una Mujer muy especial, elegida por Dios para ser Madre del Redentor, Madre de Dios.

Testimonio de las Escrituras
Los Evangelios nos la presentan como activa colaboradora en la misión de su Hijo. En Belén da a luz a Jesús, lo presenta a los pastores, a los Magos y en el templo; convive con Él treinta años en Nazareth; intercede en Caná; sufre al pie de la cruz; ora en el Cenáculo. Por lo tanto, hacer a un lado a María, separarla de Cristo, no es lo que la revelación enseña. Si los Reyes Magos adoraron a Jesús en brazos de María, ¿será idolatría imitar su ejemplo?

En la vida de la Iglesia
La Iglesia nos presenta a María como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. “Pero todo esto ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador” (S. Ambrosio). La luna brilla porque refleja la luz del sol. La luz de la luna no quita ni añade nada a la luz del sol, sino que manifiesta su resplandor. De la misma manera, la mediación de María depende de la de Cristo, el único Mediador.

El culto a María está basado en estas palabras proféticas: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso” (Lc 1, 48-49). Ella será llamada bienaventurada, no porque su naturaleza sea divina, sino por las maravillas que el Poderoso hizo en Ella. Así como María presentó a los pastores al Salvador, a los Magos al Rey, para que lo adoraran, le presentaran dones y se alegraran con el gozo de su venida, así el culto a la Madre hace que el Hijo sea mejor conocido, amado, glorificado y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos. María nunca busca reducir la gloria de su propio Hijo; todo lo contrario, y así es como lo ha entendido la Iglesia desde los primeros siglos, cuando oraban al Señor los discípulos en el Cenáculo en compañía de la Virgen Madre (Hch 1, 14).

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