Llega nuevo Arzobispo a la Ciudad de México

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Personas y fechas

El día 7 de diciembre de 2017 se dio a conocer, ya desde la madrugada, la elección hecha por Su Santidad el Papa Francisco del cardenal Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla, como nuevo arzobispo primado de México. No han faltado en las semanas posteriores a esa fecha comentarios en los medios de comunicación que han reflejado puntos de vista que, a pesar de tener tintes de realismo y hasta de simpatía y esperanza, han insistido en aspectos de la política como si las elecciones de 2018 fueran un elemento de importancia para el nombramiento. No ha faltado quien ha visto con sospecha la fecha de su toma de posesión —5 de febrero— como si fuera un “reto” a la constitución, o han dedicado palabras y líneas a compararlo con su antecesor inmediato. De igual manera, algunos han tomado el elenco de responsabilidades que ha asumido en sus más de cuarenta años de sacerdote para hablar de una “carrera eclesiástica”, concepto que no tiene ya lugar.

Tomaré en estos renglones otro camino para reflexionar en los hechos que rodean este “cambio de guardia” en una de las arquidiócesis más grandes del mundo católico.

 

Primeramente, diré algo respecto a las fechas.

La noticia del nombramiento se difundió el 7 de diciembre, que en el calendario de la Iglesia católica, es decir universal, se conmemora a San Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV quien, después de haber sido funcionario en el gobierno de esa ciudad fue un prelado ejemplar que supo unir la nitidez de la fe y la claridad doctrinal a la cercanía con un pueblo con sed de justicia y paz. Él abrió a quien después sería San Agustín, la gran ventana que le llevó a la Verdad.  La oración en la Misa de ese día se refiere a Ambrosio como “insigne maestro de la fe católica y admirable ejemplo de fortaleza apostólica” y pide a Dios que “suscite en su Iglesia pastores según su corazón, que la guíen con firmeza y sabiduría”. No dudo que el Papa Francisco les haya puesto a los dos elegidos para regir Iglesias que peregrinan en megaurbes, monseñor Michel Aupetit, obispo de Nanterre en Francia, anunciado como arzobispo de París y al cardenal Aguiar, esa figura antigua pero vigente como programa de las tareas que les esperan. Algunos retos de ambas ciudades parecen coincidir. La prensa francesa, de modo escueto se los ha presentado a Aupetit: “va al lugar más expuesto de la Iglesia de Francia”, “ha de asumir la trasmisión de la fe en un contexto de secularización generalizada” y “ha de sostener la palabra eclesial en la sociedad y frente a los poderes públicos”. Y ha dicho sobre su personalidad: “su carácter firme y cordial, juega a su favor”.

Fotografía por: María Langarica
Fotografía por: María Langarica

 

La fecha del 5 de febrero en el calendario de la Iglesia mexicana y sobre todo de la Arquidiócesis de México es fiesta grande mucho antes que en 1857 o en 1917 se promulgaran las leyes fundamentales: un hijo de la ciudad, Felipe de Jesús de Las Casas, “Felipillo” para su familia y amigos, San Felipe de Jesús para los mexicanos de cepa, fue clavado en una cruz y atravesado con lanzas en Nagasaki un 5 de febrero de 1597. Fue el primer mártir de nuestro pueblo, en el que aún estaba reciente su bautismo. Proclamado patrono de la Ciudad de México ocupó el lugar de San Hipólito, cuya única hazaña fue que la fecha de su conmemoración —13 de agosto— coincidió con la de la caída de Tenochtitlán en poder de Cortés y su hueste en 1521. En el centro de la ciudad se erigió en 1897 un templo expiatorio en su honor, cuyo altar fue hecho con piedras de altares derruidos por el ansia destructiva de la reforma liberal.

 

Circunstancias y retos

La Ciudad de México presenta un enorme reto pastoral, pues sus habitantes, sus organismos y aun su estructura física tiene grandes contrastes. La opulencia de los edificios de cristal que surgen como cactos gigantes en el panorama del valle contrasta con la pobreza creciente que lacera a familias y borra esperanzas. Es claro que se vive un quiebre del tejido social y de la cultura y que la religiosidad popular, que parece vital sobre todo en las manifestaciones de fervor guadalupano, requiere una dosis fuerte de Evangelio, de solidaridad, de entrega generosa y de siembra de futuro. Cabe traer a la memoria algunas líneas del mensaje que el beato Paulo VI envió a los mexicanos en 1976, con motivo de la apertura de la nueva basílica de Guadalupe: “Un cristiano no puede sentirse tranquilo mientras haya un hombre que sufre, que es tratado injustamente, que no tiene lo necesario para vivir. Un cristiano no puede menos que demostrar su solidaridad y dar lo mejor de sí mismo para solucionar la situación de aquellos a quienes aún no ha llegado el pan de la cultura o la oportunidad de un trabajo honorable y justamente remunerado; no puede quedar insensible mientras las nuevas generaciones no encuentren el cauce para hacer realidad sus legítimas aspiraciones, y mientras una parte de la humanidad siga estando marginada de las ventajas de la civilización y el progreso”.

 

La Ciudad de México no es París, pero el arzobispo de ella se encuentra en “el lugar más expuesto de la Iglesia mexicana” y si bien los retos no son personales sino para asumirse dentro de la comunidad eclesial, si el arzobispo es alguien “de carácter firme y cordial”, con visión universal y latinoamericana, con conciencia de las oportunidades y no sólo de las dificultades que encierra el cambio de época en el que estamos inmersos en el mundo, podrá solidarizarse con todos los que buscan el bien y la dignidad humana. Por eso se le presenta un panorama difícil pero maravilloso ante el que no está solo: cuenta con el auxilio de la gracia divina que lo ha llamado al ministerio y con tanta gente que quiere sin miedo proyectar una huella humilde, pero a la vez nítida y audaz. Le esperan iniciativas misioneras, será muy importante el contacto personal con los sacerdotes, con tantos fieles laicos que están listos para ser discípulos y apóstoles, con los pobres y los inmigrantes que esperan más que palabras. Se hace urgente la necesidad de incentivar el diálogo entre generaciones, con los “hombres de buena voluntad” y los no creyentes y, desde luego, sostener una palabra eclesial en la sociedad y frente a los poderes públicos.

 

El cardenal Carlos Aguiar Retes pisará el 5 de febrero el suelo desnudo de esta gran ciudad, pero las piedras centenarias de la catedral y la preciosa imagen de la que invitó al pueblo a no tener miedo pues está presente como Madre suya, estarán siempre cerca y son símbolos de un amor infinito que vence todo temor. Bienvenido. No estás solo.

 

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

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