Cardenal Carlos Aguiar Retes Interés

[HOMILÍA] Cardenal Carlos Aguiar Retes | Rectoría de los Sagrados Corazones

Hemos escuchado en el Evangelio como Jesús se encuentra con Felipe y lo llama: sígueme [Juan 1, 43-51].  De esa experiencia entre Jesús y Felipe nace en él, la alegría de transmitir lo que ha vivido conociendo a Jesús, y por eso va con Natanael, y le dice: hemos encontrado al Mesías. Natanael duda, se resiste a creer que puede haber llegado ya el Mesías. Sin embargo la duda la vence acercándose a Jesús, acepta la invitación de encontrarse con Él.

 

Jesús al verlo le dice: este es un verdadero israelita, en él no hay doblez. Natanael se resiste a recibir esa alabanza, quizá habrá pensado Natanael ‘me quiere comprar con esa alabanza para que yo lo reconozca como Mesías’. Sin embargo Jesús le dice: antes de que te trajera Felipe yo te vi debajo de la higuera. Le conmueve a Natanael, el que ese hombre, que tiene delante, conozca su interioridad e inmediatamente confiesa “Tú eres el Mesías”.

 

Jesús entonces le advierte: ‘si sigues por este camino de honestidad, de relación positiva, mayores cosas has de ver’. Este breve párrafo del Evangelio de San Juan, nos ayuda a entender que Dios nos ha creado en y para la relación; no estamos creados para vivir aisladamente, a pesar de que hoy esa es la tendencia en nuestra sociedad: el individualismo; se vive más con un aparatito que se llama celular, que con la otra persona.

 

Para salir del individualismo y generar esta sensibilidad del encuentro, es indispensable mirar a los ojos, y eso no es lo mismo que mirar una foto, o una pintura; mirar a los ojos es entrar en el otro, es abrirse las puertas el uno al otro, es entender que el otro siente como yo siento; eso lo he experimentado en este momento que atravesaba este templo [de los Sagrados Corazones], al ver sus rostros, no veía fotos, vi rostros, alegres y emocionados como el mío.

 

La persona esta hecha para la relación, por tanto, es la mediación entre las personas la que nos hace ir encontrando el verdadero camino para el que Dios nos ha creado. De ahí nació, y entendemos así, el proyecto del matrimonio, de ahí nació la vocación consagrada, proyectos de amor, de entendimiento, de experiencia compartida; y esos pequeños círculos que se dan en el inicio de la relación humana, deben crecer, deben ampliarse, deben ir más allá de las primeras personas que uno conoce.

 

Las primeras experiencias: niñez, juventud, son experiencias fundantes, que siempre, para bien  –quien las ha vivido positivamente–, para mal –quien le ha dejado heridas profundas, serán una referencia; pero cualquiera de esas dos, si son experiencias positivas o negativas –y este es el gran milagro de la vida– con una actitud abierta y transparente como Natanael, todas las heridas sanan, todas las heridas sanan porque hay redención en Cristo, y si son positivas, el crecimiento es espectacular.

 

El Señor lo dice a Natanael: mayores cosas has de ver.

Créanme que cuando yo venía a este templo de niño, de la mano de mi abuelita primero y después de mi mamá, nunca me imaginé a lo que el Señor me llamaba ni lo que me iba a encontrar; simplemente descubrí que en el sagrario estaba Jesús y creí en él, y a los once años despertó mi vocación, y respondí a ella; y aquí están a mi lado, unos compañeros, otros alumnos, con quien he compartido mi vida; y aquí están ustedes con quien he compartido también de distintas maneras mi vida.

 

Esto es lo que lo hace a uno tener la experiencia cristiana y transmitirla; no debemos de tener miedo, nuestras experiencias no son para enterrarlas, nuestras experiencias son para contarlas, como hace el evangelista Juan, el discípulo amado de Jesús, que al final de sus escritos dice: muchas otras cosas hizo, pero yo les narro estas porque estas son las que me impactaron para ser su discípulo.

 

Hoy, recordando aquél principio que desde que era estudiante del seminario, sobre todo en la etapa de teología, nos decían nuestro maestros –que fue el principio del Concilio Vaticano II– ‘volver a las fuentes’. Al volver aquí yo vuelvo a mis fuentes, que me dieron solidez, firmeza, capacidad de amar, y por eso me siento muy contento y agradecido con la presencia de todos ustedes.

 

Volver a las fuentes, es también lo que necesita hoy la Iglesia. Hoy el Papa Francisco lo tiene muy claro, ya no se transmite la fe simplemente induciendo a las practicas de culto y de piedad, los jóvenes ya no lo aceptan; las nuevas generaciones de adolescentes, están imbuidos de esa tendencia individualista que los sume en una actitud egoísta como la que nos previene el evangelista Juan en su primera carta el día de hoy, lo que le pasó a Caín: en vez de ver lo bueno en la relación con su hermano Abel, para poder compartirlo, le entró el celo, la envidia y pensó sólo en él; y ese es el gran rescate que tenemos que hacer de nuestra juventud hoy.

 

Nosotros, que veo que aquí la mayoría somos mayores, nosotros tenemos esta gran responsabilidad, transmitir nuestro testimonio de vida; ya no es eficaz simplemente decir a los nuevos jóvenes: ‘tienes que ir a misa el domingo’, ‘te tienes que confesar’ ‘comulga’, ‘guarda los viernes de cuaresma’, eso ya les suena a nada. Pero si transmitimos nuestra experiencia, de cuál ha sido el recorrido de nuestra vida, de cómo me he encontrado con Dios en la persona de Jesús, en la fortaleza del Espíritu, en el reconocimiento del amor, Dios mi Padre, entonces van a descubrir algo nuevo, van a descubrir que el camino del ser humano es como nos dice San Juan: el amor; el amor que es entrega generosa, que es levantar la vista y ver al otro; el amor es entender al otro, es tener sensibilidad para ver lo que le está pasando y extender la mano en aquello que yo puedo ayudar o simplemente estar.

 

¿Qué pasa cuando un ser querido muere? Estamos a un lado de su cuerpo inerte, percibiendo a las personas queridas que nos acompañan, y esa compañía nos consuela porque nos da fuerza, nos da esa presencia de Dios que hay en el otro.

 

Con esa confianza, he asumido este gran reto [la Arquidiócesis de México], como me decía el padre Manuel Olimón, porque bien me conoce: que conozco esa ciudad y sé que es un enorme desafío; así como la describió, así la entiendo: contrastada, fracturada enormemente, creciente en su cultura, pero muy desorientada, la gran ciudad de México; y aprovechen que ustedes viven aquí, en este hermoso rincón de Nayarit, donde la gente todavía se reconoce. La gran ciudad en el anonimato, facilita el individualismo y dificulta el amor; se comercializa todo y entonces nos hacemos esclavos seducidos o por el poder o por el placer o por el tener, con más facilidad.

 

Por eso les pido que oren mucho por mí. Yo sé que hay mucha gente buena en la ciudad de México y voy a convocarla, voy a pedirles que nos unamos en la comunión, que es la única manera de crecer y de cumplir la misión en los tiempos actuales y de todos los tiempos: la misión de la Iglesia solo es posible en la comunión, en la sinergia de la fuerzas de los discípulos de Cristo para hacer la gran comunidad.

 

Los invito pues a pedir en esta Eucaristía por este gran reto que asumirá uno de ustedes; porque nunca dejo de recordar, con tanto cariño y afecto a esta ciudad de Tepic, y a mi estado. Vengo con gran emoción siempre, recordando lo que acá aprendí a vivir y que gracias a eso estoy donde estoy, con las responsabilidades que Dios me ha dado.

 

Pidámosle al Señor que nos dé a todos esta confianza, en Él; nunca vamos solos cuando vamos en su nombre. Nunca vamos simplemente con las fuerzas propias, sino con la fortaleza del Espíritu Santo.

 

Que el Señor pues, nos ayude a crecer como Iglesia, yo lo deseo así a esta Diócesis de Tepic, a este presbiterio –aunque jurídicamente ya no pertenezco–, sin embargo, en el corazón sigue siendo mi presbiterio, el presbiterio de Tepic y sigue siendo mi comunidad eclesial de origen, la Diócesis de Tepic. Los invito pues a unirnos con estos sentimientos y con estas invocaciones a Dios, Nuestro Padre. Que así sea.

 

Cardenal Carlos Aguiar Retes
Rectoría de los Sagrados Corazones
Diócesis de Tepic
05 de enero del 2018
San Juan 1, 43-51: “Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.

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