Homilía del V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – 7 de febrero 2021

Hermanos, en estas primeras semanas del tiempo ordinario, el Evangelio nos narra la vida pública de Jesús; sus gestos, sus palabras, sus acciones, son siempre enseñanza para nuestra vida diaria.

Pero antes, en la primera lectura, el libro de Job nos presenta la experiencia dolorosa de la enfermedad, esa situación que vive un enfermo, sobre todo en este tiempo de la pandemia, cuando la única fuerza es poner la confianza en Dios.

De esta manera introduce al texto de hoy, en el que Jesús curó a la suegra de Pedro. El pasaje expresa claramente que «la tomó de la mano y está se levantó y se puso a servirles». Estos nos hace reflexionar que hay dos caminos para utilizar nuestras manos: ayudar o dañar, herir o apoyar. Jesús con frecuencia utiliza sus manos, para hacer el bien, como todas aquellas veces que tocó a muchos enfermos y leprosos y los sanó. Jesús nos revela con esto, lo grandioso que es usar nuestras manos para curar, para sanar la vida y el corazón.

Sin embargo. el ser humano ha elegido la muerte; millones de personas mueren de hambre por el egoísmo, otras más por la violencia, por los abusos. Así mismo, la enfermedad es una de las experiencias más duras de la vida, pero aún con los avances científicos, cuando aparece, es inevitable y ¿qué podemos hacer? Tan solo, estar junto al familiar o amigo, acercarse, acompañarlo en las diversas etapas de la enfermedad, tener paciencia y escucharlo.

Pero nuestro Dios es Dios de vida, Él siempre tiene interés y amor por la vida, por eso curar a los enfermos, es un gesto claro de su misión salvífica y de la presencia del Reino de Dios en el pueblo de Israel.

Hoy también podemos darnos cuenta que no solo se necesita la sanación física sino también de muchas enfermedades psíquicas y espirituales como la depresión, la soledad, el vacío interior, el sin sentido de la vida, entre otras, y Jesús, tomando de la mano a esa mujer, nos muestra que su inmenso amor nos acompaña en los momentos de dolor, nos toma de la mano, infundiéndonos una renovada seguridad. Pero a la vez, nos invita también a ser próximos, cercanos con los que más sufren. Tener compasión es ser prójimo, sufrir con él, llorar con él y compartir los tiempos de alegría y bienestar.

Este pasaje evangélico, nos presenta un dato importante, narra que después de que Jesús la curó, ella se puso a servirles. Con esto, podemos entender que quién ha sido curado está llamado a servir, como Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida, el tiempo, la atención por los demás.

Sabemo que a lo largo de la historia el anhelo de dominar a los demás ha estado presente, por eso Jesús nos viene a enseñar que lo más valioso del ser humano, no es dominar sino servir: los papás están llamados a servir a sus hijos, los sacerdotes para servir a su pueblo, los políticos para servir a la nación. Es tiempo de que los esquemas de poder, de opresión, de sometimiento, de prevaricación, se rompan y sean superados por la propuesta de Jesús: servir.

El final del pasaje nos narra que Jesús se retira orar con su Padre; Él sabe y nos enseña que su fuerza y el éxito de su misión está en la unión que tiene con Dios. No olvidemos, pues, que nuestra fuerza solo viene de Dios. Encontremos nuestra éxito en Él y salgamos a anunciar la Buena Nueva, ganemos hombres y mujeres para Cristo con nuestra cercanía, con nuestra entrega. Esa es nuestra misión, proponer nuevos ideales humanos que propicien el desarrollo integral, y construir la sociedad que deseamos.

Si estas enfermo, hoy te invito a que te acerques a Dios, entrégale a él tu salud, pero si tienes algún familiar o amigo enfermo, acompáñalo. Y no olvides hablar con Dios, en él encontrarás el camino.

+Luis Artemio Flores Calzada
aVIII Obispo de Tepic.

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