¿Por qué sufro?

Es María, bajo el título de Nuestra Señora de los Dolores, patrona de la ciudad de Tepic en Nayarit, desde el 19 de junio de 1795. Estamos, pues, muy cerca de cumplir un año más contando con la protección y guía de la Madre de Dios. Pero podemos preguntarnos ¿por qué ella, que es Madre de Dios sufrió y padeció los dolores de este mundo? Y en seguida, ¿por qué yo sufro?

Es, sin duda, una pregunta con respuesta probablemente insuficiente a los oídos humanos, que buscan constantemente el bienestar, pero llena de sentido para el cristiano y para el corazón que desea amar sin condición.

Cuando hablamos de dolor, todos podríamos aportar opiniones y ante todo experiencias, puesto que, aunque de maneras distintas, cada uno de nosotros hemos experimentado el sufrimiento. La actitud común ante las circunstancias dolorosas siempre es de rechazo, aun cuando sabemos que ellas nos ayudarán a madurar y a crecer en nuestra humanidad y espiritualidad.

Consciente de la presencia constante del dolor en el mundo, San Juan Pablo II ofreció una carta apostólica, titulada Salvifici Doloris, donde expone claramente que el terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. Se puede decir que el hombre sufre cuando experimenta cualquier mal, y en realidad la persona humana sufre a causa del mal, como limitación del mismo bien, es decir, se sufre a causa de un bien del que no se participa, porque es excluido o él mismo se ha privado.

Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitable la pregunta ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca del sentido. Esta no solo acompaña el sufrimiento humano, sino que parece determinar incluso el contenido humano, eso por lo que el sufrimiento es propiamente sufrimiento.

Pensando en el mundo del sufrimiento en un sentido personal y a la vez colectivo, no es posible, finalmente, dejar de notar que tal mundo, en algunos periodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Esto sucede, por ejemplo, en casos de calamidades naturales, de epidemias, de catástrofes y de cataclismos. Estos sufrimientos los afrontamos todos, a la par con los sufrimientos que cada familia y cada persona tiene. El dolor parece aumentar.

Sin embargo, tenemos a Cristo. Si un hombre se hace partícipe de los sufrimientos de Cristo, es posible porque Él ha abierto su sufrimiento al hombre. Y Él mismo, en su dolor redentor se ha hecho en cierto sentido partícipe de todos los sufrimientos humanos. La persona, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y un nuevo significado. El dolor, así, se convierte en una llamada a manifestar nuestra grandeza moral, humana y espiritual.

En María, que padeció con paciencia sus propios dolores y los de su Hijo, encontremos nuestra fortaleza y también intercesión. Que ella nos ayude a encontrar el sentido de nuestro dolor y a dar fruto en medio de cada circunstancia.

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